Pueblo en vilo by Luis González y González

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En 1967, los habitantes de San José quizá, no se divierten más aunque tienen un mayor número de diversiones y mucho gusto y tiempo para ejercerlas. Lo único que les falta es el dinero. Si lo tuvieran -piensan los moralistas locales- llegarían al desenfreno de la gente que vive en la tierra pródiga de la Ciénaga de Chapala. Hay vocación de sibaritismo frenada por la pobreza. Hay menos gusto que antes por los juegos de azar, la charrería, la lectura y la conversación. Se mantiene incólume el ejercicio de la buena comida. Ahora gustan mucho los deportes modernos, el turismo y los espectáculos. Un alto porcentaje de la población se pasa gran parte del día prendida del radio o el televisor, los nuevos dictadores de la costumbre.

Todavía la mayoría de la gente goza de admirable digestión y los ricos y los de medianos recursos se complacen en tomar alimentos agradables al paladar sin la preocupación de que nutran, engorden o hagan daño. Las amas de casa y las fonderas están en el entendido de que la principal cualidad de la comida es la sabrosura y hacen sabroso el minguiche, la torta de requesón, los tamales, la capirotada de cuaresma, las corundas, el mole, las sopas de elote, las torrejas, los ates, los frijoles refritos, los chiles rellenos, y lo grasoso, picante y dulce. Todo mundo sorbe atoles, pajaretes (leche con alcohol), aguamiel, leche sin café, nescafé, chocolate hirviendo, cerveza, cubas, aguardientes de mezcal, refrescos, bebidas calientes y frías. Se mastican vigorosamente los duraznos, la carne asada, la cecina, la birria, las cañas dulces, el quiote y los chicharrones. Se hace ruido, pero no mucho esfuerzo de masticación, cuando se comen las tostadas que venden Chole Partida y María Valdovinos en sus restaurantes, los buñuelos, los chongos rechinones, los tacos dorados en manteca y otros antojitos. San José es una villa golosa donde se come bien, donde el comer es uno de los máximos goces de la existencia.

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