Pueblo en vilo by Luis González y González

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En San José es más notoria la acción de la Iglesia que la del Estado. Son más frecuentes las visitas del obispo de Zamora que las del gobernador de Michoacán. Son menos los empleados eclesiásticos que los civiles, pero su actividad es mayor. De tres a cuatro sacerdotes y de cinco a seis religiosos asisten habitualmente en San José. Aparte del párroco, hay un vicario, un sacerdote residente y algún otro padre visitante. Fuera de las cuatro religiosas que enseñan en el «asilo», casi siempre hay una o dos suplementarias. Últimamente se han añadido al equipo eclesiástico dos o tres seminaristas. No hay cantor, pero sí sacristán.

Don Carlos Moreno, el párroco, asienta bautismos, informaciones matrimoniales y matrimonios; administra sacramentos; celebra dos misas diarias y preside un rosario en los días de entresemana; dice tres misas con su respectivo sermón todos los domingos; visita las rancherías mayores con alguna frecuencia; imparte los consejos solicitados para la feligresía; reza el breviario y regentea una academia de oficios femeninos para señoritas pobres. Don José Luis Garibay, el vicario, además de las obligaciones que le impone el sacerdocio, administra una escuela con más de 200 criaturas, en donde también imparten sus servicios dos seminaristas. Las religiosas tienen una escuela de niñas y una academia de paga para señoritas que pueden hacerlo. Muchas veces al día se oye el llamado de las campanas, y aparte, la voz del párroco difundida desde un megáfono, que convoca a juntas, da avisos y recomienda tales o cuales cosas. Lo mismo el párroco que el vicario pertenecen a la nueva ola sacerdotal. En vez de predicar las excelencias de la pobreza, recomiendan y ponen en práctica medidas para remediarla; en vez de decir «no falten a misa, rosarios y juntas», predican la observancia de las virtudes cristianas, el trabajo y la modernización.

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