Explore "Pueblo en vilo" by Luis González y González on Textopian. Read with annotations and highlights.
Las partidas revolucionarias visitaron con mucha frecuencia a sus amigos de San José, ya para obtener de ellos préstamos forzosos, ya para rescatar a las muchachas de la virginidad, ya para hacer un buen festín con los sabrosos quesos y carne de estos rumbos, ya para incorporar a su caballada los buenos caballos de la zona. Abrieron la lista de visitantes ilustres don Antonio y don Jesús Contreras, oriundos de Jiquilpan, que se levantaron con la bandera del maderismo. Pero la revolución maderista no satisfizo sus ansias revolucionarias. Fue muy breve. Ellos y su gente siguieron en pie de lucha, ora diciéndose seguidores de Félix Díaz, ora de Venustiano Carranza. En número de 25, llegaron a San José en junio de 1913, unos dicen que en plan de felicistas, otros opinan que ya eran carranclanes. Convocaron a los ricos de la localidad; les señalaron las monedas de oro con que cada uno iba a contribuir a la causa. Ante la presencia de los rifles nadie protestó. Todos estaban muy asustados y depusieron sus contribuciones en talegas de lona. Don Dolores Pulido no sólo se puso triste como los demás contribuyentes; enfermó de pena y previó su muerte próxima. Hizo testamento, donde se lee: «Mi enfermedad provino de la toma de esta plaza por los rebeldes». Después de dejar esa constancia añade que fuera de una fracción del rancho de las Cuevas para su sobrino, los demás de sus bienes los da para el sostenimiento de escuelas en San José, o sea unas 250 hectáreas de agostadero, su casa y los 4000 pesos en efectivo que eran, aparte de los 1000 pesos dados a los rebeldes, lo ahorrado en medio siglo de trabajo rudo y tacañería. Don José Dolores Pulido murió más o menos por la misma fecha que don Antonio Contreras. A éste, el 25 de octubre un subalterno suyo «le echó una pesada piedra en la cabeza mientras dormía».[13]
Con la visita de los Contreras el afecto de los josefinos a la revolución se enfrió, y con las entradas subsiguientes se volvió desafecto. Además, para defender el pueblo, sus bienes, sus familias del acecho exterior, los vecinos acordaron constituir una «defensa». Los pudientes aportaron las armas y 12 jóvenes se ofrecieron como soldados. Para encabezar la «defensa» se designó a don Apolinar Partida, que era valiente, diestro y decidido. Cualquier extraño en el pueblo podía ser espía. Por eso se le conducía al cementerio, se llamaba al padre para que lo confesara y se le proporcionaba el balazo indispensable para caer en una tumba previamente abierta.[14]