Explore "Pueblo en vilo" by Luis González y González on Textopian. Read with annotations and highlights.
El general y presidente Manuel Ávila Camacho tiene que ser conciliador. Se lo exigen su buen natural y la opinión pública. Cumple con varios lemas. «Unidad Nacional»: Calles y Garrido regresan al país; se acoge a los inquietos almazanistas; se declara que no hay ni vencedores ni vencidos; se olvidan los agravios de la lucha electoral. «Batalla de la producción»: protección a los empresarios de casa y luz verde a los de fuera; se instituye la Comisión Nacional de la Planificación Económica; se hacen tratados comerciales con el exterior y se inauguran la presa del Palmito y las fábricas de Altos Hornos de México y de Guanos y Fertilizantes. «Máquinas y Escuelas»: Torres Bodet emprende la alfabetización de la mitad de los mexicanos que no sabe leer ni escribir; construye escuelas y crea centros de capacitación para el magisterio. «Concordia internacional»: condenación de las agresiones nazi-fascistas; entrevista Ávila Camacho-Roosevelt y acuerdo con los Estados Unidos sobre la indemnización petrolera; restablecimiento de relaciones con Gran Bretaña y la URSS; conferencias para poner fin a la contienda internacional, que culminan en la de Chapultepec. «Gobierno para todos»: se funda el seguro social para los obreros; se conceden incentivos a los patrones; dotaciones agrarias y decretos sobre inafectabilidad agrícola y ganadera. En 1942, fuera de lema, se firma un convenio mexicano-estadunidense que pone a los campesinos de México a disposición de los plantadores de los Estados Unidos. Así colabora México al triunfo de las democracias. En 1945 se sabe que el licenciado Miguel Alemán, «cachorro de la revolución», será presidente.
El primero de diciembre de 1946 asume el gobierno de la República «una generación de hombres no contaminados por las rencillas revolucionarias. Los ministros son universitarios y técnicos [. ] Nada se libra a la improvisación: durante su campaña electoral Miguel Alemán discutió en mesa redonda los grandes problemas nacionales [. ] Los Estados Unidos nos conceden un préstamo de cien millones para industrializar el país [. ] A pesar de la inclemencia de la posguerra: inflación, devaluación, pérdida de los mercados extranjeros [. ] se mantiene la voluntad de sacar al país del subdesarrollo, se opone a la sequía la construcción de grandes presas, se tienden carreteras y nuevos ferrocarriles [. ] Se expide el reglamento de inafectabilidad agrícola y ganadera». La epidemia de fiebre aftosa es atacada con el rifle sanitario.[1] La ganadería sufre un colapso. De nuevo los Estados Unidos mandan sus hombres a la guerra de Corea y dan a conocer la necesidad que tienen de «una cifra cuantiosa de trabajadores mexicanos». «México convino en exportar cincuenta y cinco mil [. ] que se reunirían en determinados lugares para ser transportados hasta la frontera y distribuidos allí». Los patrones rubios pagarían el pasaje «desde la frontera hasta sus granjas y de ellas a la frontera». El gobierno estadunidense desembolsaría el dinero y la policía para «aprehender a los trabajadores huidos de las fincas de sus patrones antes de expirar el contrato». El gobierno mexicano se hace de la vista gorda, acepta las condiciones que hacen del campesino «mercancía exportable en las mejores condiciones para el importador».[2] Los campesinos se frotan las manos de gusto. Ellos prefieren los dólares, las chamarras chillantes y las radios de los güeros a las parcelas ejidales.