Explore "Pueblo en vilo" by Luis González y González on Textopian. Read with annotations and highlights.
Don Adolfo Ruiz Cortines llega a la presidencia sesentón y con antecedentes que le impiden desbocarse y desbocar al país. En su juventud de contador, pagador y burócrata aprendió a cuidar el dinero. Construye grandes presas y muchos kilómetros de caminos, pero no es esto lo típico de su régimen. A su origen portuario suele achacársele el empeño puesto en el programa de progreso marítimo. Se ocupa principalmente en la atención de necesidades inmediatas y modestas. Es el presidente del municipio y la familia. Hace política municipal: juntas locales de mejoramiento, agua potable, lucha contra inundaciones capitalinas, caminos vecinales, construcción de mercados y sanatorios. Hace política hogareña: guerra contra los precios altos, tutela del niño, emancipación y ciudadanía de la mujer, aumento y mejoría de los bienes de consumo e institución del aguinaldo navideño. Es el presidente de la suave patria de López Velarde, impulsor de la avicultura casera, fomentador del mejoramiento moral, cívico y material de pueblos y ranchos, tutor y patriarca de braceros. Es otro presidente de los de abajo, al estilo del general Cárdenas, pero sin oradores ni altoparlantes. Imagínese a Cárdenas sin Luis I. Rodríguez y toda la lumbre brava de aquel régimen. Don Adolfo (o quien haya sido) decide que el sucesor sea un hombre de estilo opuesto: universitario, orador público, alpinista, acostumbrado a contemplar amplios horizontes, a sentir como zócalo la montaña y a la postre, al país. Ruiz Cortines entrega la banda y lo demás del equipo presidencial el primero de diciembre de 1958.
El universitario don Adolfo López Mateos reanuda las marchas vistosas. Crea un congreso pluripartidista. Trae como colaboradores de su mandato a siete ex presidentes. En los mensajes a las cámaras dictamina sobre la autodeterminación y la no intervención en la vida de los pueblos, la paz, la democracia, el sentido de la Revolución mexicana, la reforma agraria integral, la «estabilidad y el progreso», y «la libertad y la justicia». Intenta enderezar al mundo. Predica la paz en los Estados Unidos y Sudamérica, en Europa y Asia. Recibe en casa a una veintena de jefes de otras tantas naciones. Emite «declaraciones conjuntas». Todo lo hace en grande: construye carreteras de doble ancho; a tambor batiente anuncia la nacionalización de la industria eléctrica y dispone la factura de grandes hidroeléctricas; instaura deslumbradores museos de arte y de historia. La difusión de una cultura nacional, técnica y nacionalista, recibe impulso de un programa para abatir en 11 años el analfabetismo, una comisión de libros de texto gratuitos que los da a manos llenas, centros de capacitación para el trabajo y celebraciones públicas sesquicentenarias, centenarias y cincuentenarias de los momentos cumbres de la vida de México. El INPI reparte millones de desayunos y medicinas; el Instituto Nacional de la Vivienda y otros construyen ciudades suntuosas y cómodas dentro de las grandes ciudades. Se olvida que somos pobres; se olvida a la gente sin bienestar material. Nadie se acuerda de que la situación braceril empeora. La Revolución se baja del caballo; se sube al automóvil y emprende una carrera que excluye a la lentitud campesina. Los feos que se mueran. Languidecen las instituciones fundadas por Ruiz Cortines para el desarrollo de las pequeñas comunidades.