Explore "Ulises criollo" by José Vasconcelos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Inesperadamente llegó mi padre a México; se detuvo dos días a fin de verme, pero iba camino de Campeche y se casaba con la menor de las Steger: Antonieta, de las bellas caderas y feo labio, que solía yo ver en misa con perfecta indiferencia. Aunque natural y legítima aquella decisión, me parecía monstruosa. Mi estúpida educación sentimental me la representaba como una deslealtad casi criminal, contra el pacto de alma que suponía ligaba a mis padres. Acaso era la de ultratumba la fidelidad más tierna y necesaria. Precisamente cuando leía con mi madre Los mártires, de Chateaubriand, en los días de Campeche, reconocí la idea que distinguía el amor cristiano del amor pagano. Pesaba sobre mí toda una literatura apoyada en el supuesto, bien contrario a la letra del Evangelio, del amor, compromiso eterno. La noción de inmortalidad transportada al lío de las parejas me llevaba a confusiones trascendentales, penosas. El morbo cursi del romanticismo suplantaba en nuestro ánimo las sabias, prudentes y cristianas advertencias de San Pablo sobre el matrimonio. Un simple ardid para no quemarse. Una manera de alimentar el apetito sin exponerlo a las contingencias mercenarias y garantía para la prole. Pero yo veía consumarse la más negra traición al afecto y la memoria de nuestra muerta, y me constituí secretamente en juez y acusador. Mi padre destruía el hogar introduciendo en él a una intrusa y yo era un mártir de la devoción maternal. Llegaron los desposados unas semanas después. Los recibí de mal talante por la mañana, y volví al atardecer para acompañarlos a la estación, donde se embarcaban para Ciudad Juárez. A la hora de la despedida me cargaron con pequeños regalos y paquetes. Entre todo iba un hermoso pan de Apizaco, bien oliente. Pan de huevos espolvoreado de azúcar. Lo compraron porque sabían que me gustaba, explicaron al entregármelo. Con un nudo en la garganta sufría sus amabilidades, y con falsa sonrisa de mueca. Desde la ventanilla me dijeron adiós, pero apenas anduvo el vagón, mi carga de obsequios me produjo ironía amarga, subió a los labios una protesta y bajo las ruedas que giraban azoté el pan y las cajas. En seguida una onda de orgullo me infló el pecho y en la mente se configuró mi imagen rebelde. El símil que me ayudó a salir de mi pena y confusión era que, así como el pan despedazado, quedaba deshecho y divorciado de los viajeros mi valiente corazón.
Paseo de la Independencia, siglo XVIII