Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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Una calle larga bordeada de casas de un solo piso; arroyo de tierra recién regada; aceras de loza o de madera, sobre las cuales rebasan las mercancías de una serie de comercios, junto a los puestos de zapatos nuevos y de ropa a la medida, judíos internacionales que asaltan ofreciendo «ocasiones». Nadie vendía tanto como la tienda de «Las tres B.» Bueno, Bonito y Barato. De ella salían los labradores vestidos de nuevo. Los pequeños propietarios de los «partidos» y los burócratas consumábamos nuestras compras del otro lado, en los almacenes de El Paso. Abríamos la boca delante de las casas de cinco pisos, aparte del sótano, sobre cuyas rejas incrustadas en la acera, se podía pasar. La metrópoli del desierto, llamaban a El Paso las guías turísticas. Sobre las arenas, más que un oasis era un triunfo del ferrocarril, la industria, el comercio y la máquina. Calles asfaltadas, tranvías eléctricos, hoteles de viajeros, espaciosos y flamantes; almacenes de ropa con grandes vitrinas y mercaderías de lujo, coincidía la ciudad con el ideal de una época: el progreso. Rápidos ascensores depositaban la clientela en miradores y terrazas, sobre un desierto cortado en dos por el caudal escaso del Río Grande y salpicado de chimeneas y fábricas de ladrillo colorado. En los bajos de los grandes edificios las «droguerías» congregaban hermosas damas devotas del soda fountain. Malos helados, peores refrescos, pero mucho brillo de cristales, metal pulido y mármol para embobar a los necios, que, según se sabe, hacemos siempre multitud. Todo lo nórdico seducía a nuestras gentes, pero todavía no alcanzaba el efecto actual de fascinación. El refinamiento de las costumbres, el esmero de los cultivos, la uva y el vino eran privilegio mexicano. El vino dulce de El Paso era justamente afamado. Las serenatas con banda militar se llenaban de visitantes anglosajones, deseosos de aprender a vivir con abandono gozoso y sencillo. Los cowboys semibárbaros, que empezaban a urbanizar en Texas, todavía no construían bibliotecas y clubes; la cultura era entonces cosa de latinos.

La vendimia, por Diego Rivera.

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