Explore "El pez en el agua" by Mario Vargas Llosa on Textopian. Read with annotations and highlights.
Desde el mitin de la plaza San Martín, mi vida dejó de ser privada. Nunca más, hasta que salí del Perú luego de la segunda vuelta, en junio de 1990, volví a disfrutar de aquella privacidad de la que había sido siempre tan celoso (al extremo de decir que lo que me atraía de Inglaterra era que allí, como nadie se mete con nadie, se afantasman las personas). Desde entonces, a cualquier hora del día y de la noche hubo gente en mi casa de Barranco, celebrando reuniones, entrevistas, programando algo, o haciendo cola para conversar conmigo, con Patricia o con Álvaro. Salas, pasillos, escaleras, estaban siempre ocupados por hombres y mujeres que muchas veces yo no conocía ni sabía qué hacían allí, lo que me recordaba un verso de Carlos Germán Belli: «Ésta no es su casa, usted es un salvaje».
Como María del Carmen, mi secretaria, se vio pronto desbordada, vinieron a reforzarla Silvana, luego Lucía y Rosi, y después dos voluntarias, Anita y Helena, y hubo que construir un cuarto adyacente a mi escritorio para albergar a ese ejército con faldas y hacer sitio a una parafernalia que yo, que siempre he escrito a mano, vi, como en sueños, entrar, instalarse y empezar a funcionar a mi alrededor: ordenadores, faxes, fotocopiadoras, intercomunicadores, máquinas de escribir, nuevas líneas de teléfono, archivadores. Aquella oficina, contigua a la biblioteca y a pocos pasos del dormitorio, operaba desde temprano hasta tarde en la noche y en las semanas que precedieron a las elecciones hasta la madrugada, de manera que llegué a sentir que todo en mi vida, incluido dormir y aun cosas más íntimas, se había vuelto público.