Stalin by Leon Trotsky — Read

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La vida personal de los revolucionarios clandestinos estaba siempre relegada a un segundo término, reprimida. Pero persistía. Como las palmeras en un paisaje de Diego Rivera, el amor se abría camino hacia el sol desde debajo de pesadas rocas. Casi siempre estaba identificado con la revolución. Las mismas ideas, los mismos afanes, el mismo riesgo, un aislamiento en común del resto del mundo, unidos por sólidos lazos. Las parejas se sumían unidas en la ilegalidad, eran separadas por la cárcel, y volvían a buscarse al volver del destierro. Conocemos poca cosa de la vida personal de Stalin, pero lo poco que conocemos es tanto más valioso por la luz que arroja sobre su personalidad como hombre.

«Se casó en 1903 -nos dice Iremashvili. Su matrimonio, según sus puntos de vista, fue venturoso. Verdad es que resultaba difícil advertir en su propia casa aquella igualdad de sexos que defendía como forma básica del matrimonio en el nuevo Estado. Pero no estaba en su carácter compartir Iguales derechos con ninguna otra persona. Su matrimonio fue afortunado porque su mujer, que no podía competir con él en cuestiones generales de mentalidad, le consideraba un semidiós, y porque, siendo georgiana, había sido criada en la sacrosanta tradición que hacía de la mujer georgiana esencialmente una esclava doméstica. Las características que atribuye a la mujer de Koba son las mismas que atribuía a su madre, Keke: «Aquella mujer genuinamente georgiana. de todo corazón cuidaba del bienestar de su marido. Se pasaba noches sin cuento en ardientes plegarias, aguardando el regreso de su Soso, ocupado en secretas conferencias. Rogaba por que Koba se apartase de sus ideas, que no eran gratas a Dios, y se reintegrase a una apacible vida doméstica de trabajo y contento.»

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