Explore "1905" by Leon Trotsky on Textopian. Read with annotations and highlights.
Así, el manifiesto, en lugar de restablecer el orden, había contribuido a revelar en toda su amplitud el antagonismo que existía entre los polos sociales: por un lado, la reacción pogromista de la nobleza y de la burocracia, por otro la revolución obrera. Durante los primeros días, o por decir mejor durante las primeras horas, pareció incluso que el manifiesto no había traído cambio alguno en el estado de espíritu de los elementos más moderados de la oposición. Sin embargo, sólo era una apariencia. El 18 de octubre una de las más poderosas organizaciones capitalistas, la «Oficina Consultiva de Metalúrgicos», escribía al conde Witte: «Debemos declararlo sin reservas: Rusia sólo confía en los hechos; su sangre y su miseria no le permiten dar crédito ya a simples palabras». Al reclamar una amnistía completa, la Oficina Consultiva «comprueba, con un placer particular, que por parte de las masas revolucionarias la violencia no se ha manifestado más que dentro de límites muy estrechos y que estas masas han sabido observar una disciplina verdaderamente increíble». La Oficina declara que «en teoría» es poco dada a afirmar la necesidad de un sufragio universal; pero ha tenido que reconocer que «la clase obrera, que con tanta fuerza había manifestado su conciencia política y su disciplina de partido, debe tomar parte en la administración de los asuntos públicos». Todo ello era expresado en términos amplios y generosos pero no iba a durar mucho tiempo. Sería demasiado simple afirmar que estamos aquí en presencia de una política exclusivamente decorativa. Sin duda alguna, ciertas ilusiones jugaban un gran papel en este asunto: el capital esperaba aún que una amplia reforma política desencadenase inmediatamente el mecanismo de la industria, liberada de todo obstáculo. Es lo que explica que una parte considerable de los empresarios -si no fue la mayoría- guardaron frente a la huelga de octubre una actitud de amistosa neutralidad. Apenas se recurrió al lockout. Los propietarios de las fábricas metalúrgicas del sector de Moscú decidieron rehusar los servicios de los cosacos.
Pero la mayor muestra de aprobación que se dio a las intenciones políticas de la lucha fue el pago a los obreros de sus salarios por todo el tiempo de la huelga de octubre: esperando una expansión de la industria bajo «el régimen de la legalidad», los empresarios liberales inscribieron sin discutir este gasto bajo la rúbrica de gastos extraordinarios de producción. Pero, al pagar a los obreros su permiso, el capital declaró secamente: ¡es la última vez! La fuerza del ataque conducido por los obreros le hacía comprender la necesidad de la prudencia. Las esperanzas más queridas del capital no se vieron justificadas: el movimiento de las masas, tras la promulgación del manifiesto, no se apaciguó; por el contrario, de día en día manifestaba una fuerza mayor, una independencia más absoluta, un carácter de revolución social mejor marcado. Mientras que los plantadores de la producción azucarera se veían amenazados de una confiscación de tierras, toda la burguesía capitalista, en su conjunto, tenía que retroceder paso a paso ante los obreros, aumentando los salarios y disminuyendo las horas de trabajo.