1905 by Leon Trotsky — Read

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(Sesión del 4 de octubre de 1906)

Señores jueces: el objeto de los debates y de la instrucción se refiere esencialmente a la cuestión de la insurrección armada, cuestión que, durante los cincuenta días de existencia del Sóviet de Diputados Obreros, no se ha planteado -por raro que pueda parecer el hecho al tribunal especial- en ninguna de las sesiones del sóviet. En ninguna de nuestras sesiones se ha formulado la cuestión de la insurrección armada; más aún, en ninguna de nuestras sesiones se han presentado ni discutido particularmente las cuestiones de la Asamblea Constituyente, de la república democrática, ni siquiera la de la huelga general y su significación como método de lucha revolucionaria. Estas cuestiones esenciales, que habían sido debatidas durante muchos años, primero en la prensa revolucionaria y después en los mítines y reuniones, el Sóviet de Diputados Obreros las ha dejado a un lado. Diré después cómo se explica esto y caracterizaré la actitud del sóviet con respecto a la insurrección armada. Pero antes de abordar esta cuestión esencial para el tribunal, me permito llamar la atención de los señores jueces hacia otro punto, que, en comparación con el primero, presenta un interés más general, aunque menos grave: es la cuestión del empleo de la violencia por el sóviet. ¿Se reconocía el sóviet el derecho, en la competencia de cualquiera de sus órganos, de aplicar, en ciertos casos, la violencia y las represalias? A esta pregunta, formulada en general, responderé: ¡Sí! Yo sé tan bien como el representante de la acusación que, en todo Estado que funciona «normalmente», cualquiera que sea la forma de este Estado, el monopolio de la violencia de la represión pertenece al poder gubernamental. Es su derecho «inalienable» y lo guarda celosamente, velando por que ningún grupo de particulares se lo quite. Así es como la organización gubernamental lucha por la existencia. Es preciso representarse de una manera concreta la sociedad actual, esta complicada cooperación de intereses contradictorios, en un inmenso país como Rusia, para comprender en seguida que, en el régimen social de hoy, desgarrado por los antagonismos, la represión y las represalias son inevitables. No somos anarquistas, somos socialistas. Los anarquistas nos llaman «estatistas» porque reconocemos la necesidad histórica del Estado y, por consiguiente, necesidad histórica de la violencia gubernamental. Pero en condiciones creadas por la huelga general política, cuyo interés esencial es paralizar el mecanismo gubernamental, en estas condiciones, el antiguo régimen que se sucede a sí mismo contra el cual iba dirigida la huelga se ha mostrado absolutamente incapaz de ninguna acción; el poder gubernamental no ha podido mantener el orden, ni siquiera con los medios bárbaros de que disponía. Ahora bien, la huelga lanzaba a miles y miles de obreros de la fábrica a la calle, llevándoles a la vida política y social.

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