1905 by Leon Trotsky — Read

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Al empezar el viaje, en cada relevo, miraba hacia atrás y veía con temor que cada vez nos alejábamos más del ferrocarril. Obdorsk, para todos nosotros, no era el fin real del viaje. Teníamos en todo momento la idea de la evasión en la mente. Yo tenía un pasaporte y el dinero indispensable para la vuelta, todo ello hábilmente disimulado en el tacón de mi bota. Pero la longitud del convoy y la rigurosa vigilancia de que nos rodeaban, hacían difícil una evasión durante el camino. Nos era posible sin embargo desaparecer, hay que reconocerlo, pero a condición de no huir todos juntos. Habíamos hecho varios planes, bastante realizables, pero los que querían huir se veían retenidos por el temor a las posibles consecuencias que ello acarreara a los compañeros. Los soldados de la escolta, y el sargento el primero, respondían de nosotros hasta la llegada al destino. El año anterior, un sargento de Tobolsk había sido enviado a un batallón de castigo por haber dejado escapar a un estudiante deportado. Los soldados a los que se encargaba de dar escolta lo sabían y trataban mucho más duramente a los prisioneros. Había una especie de convenio tácito entre soldados y deportados: nada de evasión durante el camino. Ninguno de nosotros consideraba esta especie de convenio como un compromiso absoluto pero nuestra voluntad de huir había quedado un tanto paralizada e íbamos dejando pasar los relevos. Después de haber recorrido algunos cientos de verstas cedimos a la inercia, yo tenía «prisa» en llegar, me preocupaba de recibir libros y periódicos y, en suma, me disponía para una instalación en regla. En Berezov, este estado de espíritu se modificó de repente.

-¿Es posible irse de aquí?

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