El poder y el delirio by Enrique Krauze — Read

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Tocaba el turno a los personajes de la historia venezolana. El elenco empezó a integrarse en 1974, poco antes de graduarse, cuando leyó el libro Maisanta, el último hombre a caballo, de José León Tapia (historiador aficionado pero acucioso; el chavismo le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 2004, el cual rechazó gallardamente por no querer ser utilizado). «Maisanta» era el sobrenombre de Pedro Pérez Delgado, caudillo que había operado en la región de Barinas a principios del siglo XX. (El apodo provenía de las voces «Madre santa, virgen del Socorro», que el personaje solía exclamar). Ruiz Guevara lo pintaba como un oportunista. Para la abuela Rosa Inés no era más que un bandido y un asesino, y Chávez creció pensando que lo era. Pero según Tapia, Maisanta era un revolucionario rural extraviado en el siglo XX, un adversario jurado del dictador Juan Vicente Gómez y un defensor de los pobres. Aunque el libro no era de ningún modo una hagiografía, Chávez leyó lo que quiso y se convenció de que la última versión era la correcta, entre otras cosas porque Maisanta era su bisabuelo materno.

A mediados de los ochenta, aprovechando su traslado a Elorza, Chávez decidió ponerse la casaca de historiador aficionado e ir en busca de Maisanta. La narración detallada de esta pesquisa está en Habla el Comandante: «Sentí la necesidad de completar aquella historia. Comencé a buscar en viejas bibliotecas militares, en partes de guerra [. ] con un maletín, un grabador, una cámara fotográfica, un mapa militar de la zona, buscando información, tomando fotos de viejitos». Esos «viejitos» evocan para él la escena de Maisanta abriendo los comercios, autorizando el saqueo del pueblo, retirándose a vivir entre los indios. Chávez veía en esos actos «elementos doctrinarios, ideas no desarrolladas, no escritas, y un fondo demostrable que se puede rescatar aún». Paso a paso sentía reconstruir la trayectoria de Maisanta: visitó el terreno donde en 1921 ocurrió la «Batalla de la Periquera», en la que aquel personaje había participado; recorrió las tierras de «La Marqueseña» que a principios de siglo -según sostiene- habían sido de su bisabuelo: «Mi abuelo, el hijo de Maisanta, murió peleando por esas tierras». Los agravios de Maisanta comenzaban a volverse suyos. A partir de entonces, exigiría a sus subordinados que rindieran honores a dos retratos: Bolívar y Maisanta. Chávez acumuló todo aquel material en cajas pero nunca pudo escribir el libro que planeaba. En vez de escribir historia prefirió apropiársela, inscribiéndola en su propia vida. Ya en la prisión de Yare, un primo le regaló el escapulario que llevaba Maisanta al cuello, reliquia que Chávez no abandona ni de noche ni de día. En una sesión espiritista llevada a cabo en la cárcel, sintió que lo movía una «fuerza extraña» y comenzó a hablar como un viejito tembloroso. Sus compañeros de celda pensaron por un momento que se trataba del propio Bolívar, pero el propio Chávez, sensatamente, los trajo a la realidad: «No me pongan tan arriba». Uno de los amigos se dio cuenta de la confusión y corrigió: «¡Mi general Maisanta! ». «Claro, m'ijo, aquí estoy», respondió Chávez.

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