Explore "Macunaíma" by Mário de Andrade on Textopian. Read with annotations and highlights.
Yigué era un zonzo y al otro día apareció jalando de la mano a una cuñá. Era su nueva mi-tacuna-mí y llamábanla Iriquí. Esta solía traer siempre un ratón vivito y coleando oculto en la maraña de su pelo y se endomingaba harto. Pintaba su cara con paraguatán y yagua y toditas las mañanas se untaba coquito de asaí en los bezos que quedaban todos amoratados. Después se restregaba limón de Cayena por encimita y los labios se ponían totalmente abrasilados. Entonces Iriquí se envolvía en un manto de algodón a rayas hechas con negro de palo de acarí y verde de tataíba y aromatizaba sus cabellos con esencia de humirí. Era linda.
Pues bien, después de que todos se comieron el tapir de Macunaíma, el hambre azotó al rancho. Caza, ni qué decir. Nadie atrapaba nada y por equivocación un cachicamo tatú-eté se hacía el aparecido. Y por culpa de Maanape que mató un jigüebufeo pa que comieran, el sapo-almaciguero llamado Mataguigana, padre del delfín, miró con bronca. Mandó la inundación y el maizal se pudrió. Comieron de todo. Hasta las tástaras duras se terminaron y la fogata, noche y día, ni nonadas encecinaba y sólo sirvió como remedio al friaje que cayó. No había modo de que uno asara en ella una yesca de charqui.