Read "México insurgente" by John Reed online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
"El Niño" estaba ya a ochocientos metros del pueblo, y los trabajadores de la cuadrilla de reparación se afanaban en el último tramo de vía bajo fuego intenso de metralla. Los dos cañones al frente de los trenes cargaban con todo el peso de la artillería enemiga, y valientemente le devolvieron el fuego; tan bien, de hecho, que después de que una granada federal mató a diez trabajadores, el capitán de "El Niño" dejó fuera de acción dos cañones del Cerro. Así que los federales dejaron en paz a los trenes y volvieron su atención a sacar a cañonazos a Herrera de Lerdo.
El ejército constitucionalista estaba terriblemente destrozado. En los cuatro días de pelea habían muerto como mil hombres y casi dos mil más estaban heridos. Ni siquiera el excelente tren hospital daba abasto para atender a los heridos. Allá afuera en el llano ancho donde estábamos, el olor tenue de los cadáveres lo impregnaba todo. En Gómez ha de haber sido horrible. El jueves el humo de veinte piras funerarias manchaba el cielo. Pero Villa estaba más decidido que nunca. Gómez tenía que tomarse, y pronto. No tenía parque ni provisiones suficientes para un sitio y, además, su nombre era ya una leyenda para el enemigo: dondequiera que Pancho Villa aparecía en una batalla, ellos habían empezado a creerla perdida. Y el efecto sobre sus propias tropas también era importantísimo. Así que programó otro ataque nocturno. "La vía está toda reparada", informó Calzado, superintendente de los Ferrocarriles. "Bueno", dijo Villa. "Traigan esta noche todos los trenes de atrás, ¡porque en la mañana entramos a Gómez! ". Cayó la noche; noche sin aliento, silenciosa, con un sonido de ranas a lo largo de las acequias. Frente a la ciudad, los soldados esperaban tendidos la palabra de ataque. Heridos, molidos, con los nervios rotos, se arrastraban al frente, tensados hasta la última muesca de la desesperación. Esta noche no serían rechazados. Tomarían el pueblo o morirían donde estaban. Y conforme se acercaban las nueve, la hora fijada para el ataque, la tensión se volvió peligrosa.