Read "México insurgente" by John Reed online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Dos o tres de nosotros teníamos una especie de campamento junto a la acequia, muy arriba entre los álamos. Nuestro carro, con su despensa, ropa y cobijas, seguía a treinta kilómetros atrás. La mayor parte del tiempo pasábamos sin comer. Cuando lográbamos mendigar unas latas de sardinas o algo de harina en el tren del comisariato, éramos afortunados. El miércoles uno del grupo se las había arreglado para hacerse de salmón en lata, café, galletas y una gran cajetilla de cigarros; y mientras cocinábamos la cena, un mexicano tras otro, de paso hacia el frente, desmontaba y se nos unía. Después del más elaborado intercambio de cortesías, en el que teníamos que persuadir a nuestro huésped de comer con generosidad de la cena que penosamente habíamos forrajeado para nosotros mismos, y él tenía que acceder por educación, montaba y se iba sin gratitud, aunque lleno de amistad.
Nos tendimos en el bordo en el crepúsculo dorado, fumando. El primer tren, encabezado por una plataforma sobre la cual iba montado el cañón "El Niño", había llegado ya a un punto frente al final de la segunda línea de árboles, a apenas kilómetro y medio del pueblo. Hasta donde alcanzaba la vista delante de ella, la cuadrilla de reparación se afanaba en la vía. De golpe se oyó un estampido tremendo, y una bocanadita de humo se levantó del frente del tren. Vítores lejanos se dispersaron entre los árboles y los campos. "El Niño", el consentido del ejército, había entrado por fin en alcance. Ahora los federales se enderezarían a poner atención. Era una pieza de tres pulgadas, la más grande que teníamos. Después nos enteramos de que una locomotora exploradora había salido de la casa de máquinas de Gómez, y que un tiro de "El Niño" le había pegado justo en medio de la caldera y la había volado. Íbamos a atacar esa noche, decían, y mucho después de oscurecer me subí a mi caballo, Bucéfalo, y bajé al frente. El santo era "Herrera" y la seña "Chihuahua número cuatro". Para asegurar el reconocimiento como uno de "los nuestros", la consigna era prenderse el sombrero hacia arriba por detrás. Por todas partes se habían girado las órdenes más estrictas de que no se encendieran lumbres en la "zona de fuego", y de que a quien prendiera un cerillo antes de que empezara la batalla lo fusilaran los centinelas.