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El miércoles mi amigo el fotógrafo y yo íbamos cruzando un campo cuando Villa pasó a caballo. Se veía cansado, sucio, pero contento. Frenando delante de nosotros, con los movimientos del cuerpo tan sueltos y elegantes como los de un lobo, sonrió y dijo: "Bueno, muchachos, ¿cómo va la cosa? ". Contestamos que estábamos perfectamente contentos. "No tengo tiempo de preocuparme por ustedes, así que tengan cuidado de no meterse en peligro. Es feo, lo de los heridos. Cientos. Son valientes, esos muchachos; la gente más valiente del mundo. Pero", continuó encantado, "tienen que ir a ver el tren hospital. Ahí hay algo bueno para que lo escriban en sus periódicos. ". Y en verdad era magnífico de ver. El tren hospital estaba ahora justo detrás del tren de trabajo. Cuarenta furgones, esmaltados por dentro, con una gran cruz azul y la leyenda "Servicio Sanitario" estarcidas en el costado, atendían a los heridos conforme llegaban del frente. Estaban equipados por dentro con los adelantos quirúrgicos más recientes y atendidos por sesenta médicos americanos y mexicanos competentes. Todas las noches trenes de enlace llevaban a los heridos graves a los hospitales de retaguardia en Chihuahua y Parral.
Bajamos por San Ramón y más allá del final de la línea de árboles, saliendo al desierto. Ya picaba el calor. Adelante una culebra de fuego de fusilería se desenrolló a lo largo de la línea, y luego una ametralladora: "¡ta-ta-ta! ". Al salir a campo abierto, un Máuser solitario empezó a tronar por allá a la derecha. Al principio no le hicimos caso, pero muy pronto notamos que había un ruidito de golpes en el suelo alrededor de nosotros: bocanadas de polvo saltaban cada pocos minutos. "Por Dios", dijo el fotógrafo. "Algún desgraciado nos está tirando". Instintivamente los dos echamos a correr. Los tiros venían más seguido. Era una distancia larga por el llano. Al poco lo redujimos a un trotecito. Al final íbamos caminando, con el polvo saltando como antes y una sensación de que, al fin y al cabo, correr no serviría de nada. Luego se nos olvidó. Media hora después nos escurrimos por la maleza a cuatrocientos metros de las orillas de Gómez y llegamos a un ranchito de seis u ocho jacales de adobe, con una calle corriendo entre ellos. Al socaire de una de las casas holgazaneaban y se despatarraban unos sesenta de los peleadores andrajosos de Contreras. Jugaban baraja y platicaban con pereza. Calle abajo, justo a la vuelta de la esquina, que apuntaba derecha como una flecha hacia las posiciones federales, barría continuamente una tormenta de balas, levantando el polvo. Estos hombres habían estado de servicio en el frente toda la noche. El santo y seña había sido "sin sombrero", y estaban con la cabeza descubierta bajo el sol abrasador. No habían dormido ni comido, y no había agua en ochocientos metros. "Allá adelante hay un cuartel federal que está disparando", explicó un muchacho como de doce años. "Tenemos órdenes de atacar cuando llegue la artillería". Un viejo acuclillado contra la pared me preguntó de dónde venía. Dije que de Nueva York. "Pues", dijo, "yo no sé nada de Nueva York, pero le apuesto a que no ve usted ganado tan bonito pasando por las calles como el que se ve en las calles de Jiménez". "En las calles de Nueva York no se ve ganado", dije.