México insurgente by John Reed

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Así, contra un cielo carmesí, los soldados vencidos y agotados bajaron del cerro. Unos venían a caballo, con las cabezas cansadas colgando; a veces dos en un caballo. Otros venían a pie, con vendas ensangrentadas en la frente y en los brazos. Las cananas estaban vacías, los rifles perdidos. Traían las manos y la cara sucias de tierra sudada y manchadas todavía de pólvora. Más allá del cerro, cruzando los treinta kilómetros de páramo árido que quedaban entre nosotros y La Cadena, venían desperdigados. No quedaban más de cincuenta, contando a las mujeres -los demás se habían dispersado en las montañas peladas y en los pliegues del desierto-, pero se estiraban a lo largo de kilómetros; tardaron horas en llegar.

Don Petronilo venía al frente, con la cara baja y los brazos cruzados, las riendas colgando flojas sobre el cuello de su caballo que se bamboleaba y tropezaba. Justo detrás venía Juan Santillanes, demacrado y pálido, con la cara años más vieja. Fernando Silveyra, hecho jirones, se arrastraba junto a su silla. Al vadear el arroyo bajo levantaron la vista y me vieron. Don Petronilo agitó débilmente la mano; Fernando gritó: "¡Pero si ahí está el míster! ¿Cómo se escapó? Estábamos seguros de que lo habían fusilado". "Le eché una carrera a las chivas", contesté. Juan soltó una risa. "Muerto de miedo, ¿eh? ". Los caballos hundieron ansiosos los hocicos en el arroyo, sorbiendo con fuerza. Juan cruzó espoleando cruelmente, y nos echamos uno en brazos del otro. Pero don Petronilo desmontó en el agua, opaco, como en un sueño, y, vadeando con el agua hasta el tope de las botas, vino hasta donde yo estaba.

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