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El martes, temprano por la mañana, el ejército volvía a moverse hacia el frente, desperdigándose por la vía y a campo traviesa. Cuatrocientos demonios rabiosos sudaban y martillaban en la vía destruida; el tren delantero había hecho ochocientos metros en la noche. Esa mañana abundaban los caballos, y compré uno, con silla y todo, en setenta y cinco pesos, unos quince dólares oro. Trotando por San Ramón, me junté con dos jinetes de aspecto salvaje, de sombrerón, con estampitas de Nuestra Señora de Guadalupe cosidas a la copa. Dijeron que iban a una avanzada del extremo del ala derecha, cerca de las montañas arriba de Lerdo, donde su compañía estaba apostada para sostener un cerro. ¿Por qué querría yo ir con ellos? ¿Y quién era yo, de todos modos? Les enseñé mi pase, firmado por Francisco Villa. Seguían hostiles. "Francisco Villa no es nada para nosotros", dijeron. "¿Y cómo sabemos que éste es su nombre, escrito por él? Somos de la Brigada Juárez, gente de Calixto Contreras". Pero tras una consulta breve, el más alto gruñó: "Vente". Dejamos la protección de los árboles, saliendo en diagonal por los algodonales abardados, derecho al poniente, directo hacia un cerro alto y empinado que ya temblaba en el calor. Entre nosotros y los suburbios de Gómez Palacio se extendía un llano pelado y plano, cubierto de mezquite bajo y cortado por acequias secas. El Cerro de la Pila, con su artillería oculta y asesina, yacía perfectamente quieto, salvo que por uno de sus lados -tan claro estaba el aire- alcanzábamos a distinguir un nudito de figuras arrastrando lo que parecía un cañón. Justo a las afueras de las casas más cercanas andaban unos jinetes; nos fuimos de inmediato al norte, dando un rodeo amplio, cuidadosamente alerta, pues este terreno intermedio estaba invadido de piquetes y partidas de reconocimiento. Como a kilómetro y medio más allá, casi al pie del cerro, corría el camino real del norte a Lerdo. Lo reconocimos con cuidado desde la maleza. Pasó un campesino silbando, arreando un hato de chivas. En el borde mismo de ese camino, bajo un arbusto, había una olla de barro llena de leche. Sin la menor vacilación, el primer soldado sacó su revólver y disparó. La olla se partió en cien pedazos; la leche saltó por todas partes. "Envenenada", dijo lacónicamente. "La primera compañía apostada por acá se tomó algo de esa cosa. Se murieron cuatro". Seguimos cabalgando.
Arriba en la cresta del cerro se acuclillaban unas cuantas figuras negras, con los rifles recargados contra las rodillas. Mis compañeros les hicieron señas, y volteamos al norte por la orilla de un riachuelo que desenrollaba una franja angosta de pasto verde en medio de la desolación. La avanzada estaba acampada a ambos lados del agua, en una especie de pradera. Pregunté dónde estaba el coronel, y al fin lo encontré tendido a la sombra de una tienda que se había hecho colgando su sarape sobre un arbusto. "Bájese del caballo, amigo", dijo. "Me da gusto recibirlo aquí. Mi casa" (señalando con guasa el techo de su tienda) "está a su disposición. Aquí hay cigarros. Hay carne cociéndose en la lumbre". Sobre la pradera pastaban, ensillados por completo, los caballos de la tropa, como cincuenta. Los hombres estaban despatarrados en el pasto a la sombra del mezquite, platicando y jugando baraja. Ésta era una casta distinta de hombres, comparada con las tropas bien armadas, bien montadas y relativamente disciplinadas del ejército de Villa. Eran simplemente peones que se habían levantado en armas, como mis amigos de la Tropa: una raza dura y alegre de serranos y vaqueros, entre los que había muchos que habían sido bandidos en los viejos tiempos. Sin paga, mal vestidos, indisciplinados -sus oficiales, meramente los más valientes entre ellos-, armados nada más con viejos Springfield y un puñado de cartuchos cada uno, habían peleado casi sin interrupción tres años. Durante cuatro meses ellos, y las tropas irregulares de jefes guerrilleros como Urbina y Robles, habían sostenido la vanguardia alrededor de Torreón, peleando casi a diario con las avanzadas federales y padeciendo todas las penalidades de la campaña, mientras el ejército principal guarnecía Chihuahua y Juárez. Estos hombres andrajosos eran los soldados más valientes del ejército de Villa.