México insurgente by John Reed

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Juan Vallejo ya iba muy adelante, corriendo con terquedad con el rifle en una mano. Le grité que se saliera del camino real, y obedeció sin voltear. Lo seguí. Era una vereda recta por el desierto hacia las montañas. Allí el desierto estaba tan pelado como una mesa de billar. Se nos podía ver a leguas. La cámara se me metió entre las piernas. La solté. Mi abrigo se volvió un peso terrible. Me lo sacudí. Alcanzábamos a ver a los compañeros huyendo enloquecidos por el camino de Santo Domingo. Más allá de ellos apareció de improviso una ola de hombres al galope: la partida que flanqueaba por el sur. Los balazos volvieron a estallar, y luego perseguidores y perseguidos se desvanecieron tras la esquina de un cerrito. ¡Gracias a Dios que la vereda se apartaba del camino! Corrí, corrí y corrí y corrí, hasta que ya no pude correr más. Entonces caminaba unos pasos y volvía a correr. Sollozaba en lugar de respirar. Calambres atroces me agarrotaban las piernas. Aquí había más chaparral, más maleza, y las estribaciones de las montañas del poniente estaban cerca. Pero toda la extensión de la vereda se veía desde atrás. Juan Vallejo había alcanzado las estribaciones, a ochocientos metros por delante. Lo vi trepando una lomita. De pronto tres jinetes armados aparecieron detrás de él y soltaron un grito. Volteó, arrojó su rifle lejos entre la maleza y huyó por su vida. Le dispararon, pero se detuvieron a recoger el rifle. Él desapareció por la cresta, y luego ellos también.

Corrí. Me preguntaba qué hora sería. No estaba muy asustado. Todo seguía siendo tan irreal, como una página de Richard Harding Davis. Nomás me parecía que si no me escapaba no estaría haciendo bien mi trabajo. No dejaba de pensar: "Bueno, ésta sí que es una experiencia. Voy a tener algo sobre qué escribir". Entonces vinieron gritos y cascos redoblando a mi espalda. Como a cien metros atrás corría el pequeño Gil Tomás, con las puntas de su sarape alegre volando tiesas. Y como a cien metros detrás de él cabalgaban dos hombres negros con cananas cruzadas y rifles en la mano. Dispararon. Gil Tomás levantó hacia mí una carita india espantosa y siguió corriendo. Volvieron a disparar. Una bala pasó zumbando junto a mi cabeza. El muchacho se tambaleó, se detuvo, giró y se metió de golpe al chaparral. Ellos se volvieron tras él. Vi los cascos del caballo delantero golpearlo. Los colorados sentaron a sus monturas sobre los cuartos traseros encima de él, disparándole hacia abajo una y otra vez. Me metí corriendo al chaparral, coroné un cerrito, tropecé con una raíz de mezquite, caí, rodé por un talud de arena y fui a dar a un arrojo pequeño. Un mezquital tupido cubría el lugar. Antes de que pudiera moverme, los colorados bajaron a toda carrera por la ladera. "¡Allá va! ", gritaron, y, saltando sus caballos por encima del arroyo a no tres metros de donde yo estaba tendido, se fueron al galope al desierto. De pronto me quedé dormido.

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