México insurgente by John Reed

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A la puerta del general Urbina estaba sentado un viejo peón con cuatro cananas encima, entregado a la genial ocupación de rellenar de pólvora unas bombas de hierro corrugado. Señaló el patio con el pulgar. La casa, los corrales y las bodegas del general corrían por los cuatro lados de un espacio del tamaño de una manzana, hirviente de puercos, gallinas y niños semidesnudos. Dos chivas y tres pavorreales magníficos miraban pensativos desde la azotea. Entraba y salía de la sala, de donde llegaban los compases fonográficos de La princesa del dólar, una hilera de gallinas. Una vieja salió de la cocina y vació un bote de basura en el suelo; todos los puercos se abalanzaron chillando sobre ella. En un rincón del muro de la casa estaba sentada la hija más pequeña del general, mordisqueando un cartucho. Un grupo de hombres estaba de pie o tirado en el suelo alrededor de un pozo en el centro del patio. El general mismo estaba sentado en medio de ellos, en un sillón de mimbre desvencijado, dándoles tortillas a un venado manso y a una borrega negra coja. Ante él se arrodillaba un peón, vaciando de un costal de lona algunos cientos de cartuchos Máuser.

A mis explicaciones el general no dio respuesta alguna. Me tendió una mano floja, que retiró de inmediato, pero no se levantó. Un hombre ancho, de estatura mediana y tez de caoba oscura, con una barba negra rala que le subía hasta los pómulos y no alcanzaba a ocultar la boca ancha, delgada, inexpresiva, las ventanas de la nariz abiertas, los ojos brillantes, pequeños, socarrones, animales. Durante cinco largos minutos no los apartó de los míos. Saqué mis papeles. "Yo no sé leer", dijo el general de pronto, haciéndole una seña a su secretario. "¿Conque quieres ir conmigo a la batalla? ", me soltó en el español más basto. "¡Muchas balas! ". No dije nada. "¡Muy bien! Pero no sé cuándo me vaya. Tal vez en cinco días. ¡Ahora come! ". "Gracias, mi general, ya comí". "Ve a comer", repitió con calma. "¡Ándale! ". Un hombrecito sucio a quien todos llamaban Doctor me escoltó al comedor. Había sido boticario en Parral, pero ahora era mayor. Íbamos a dormir juntos esa noche, dijo. Pero antes de llegar al comedor se oyó un grito de "¡Doctor! ". Había llegado un herido, un campesino con el sombrero en la mano y un paliacate cuajado de sangre alrededor de la cabeza. El doctorcito se volvió pura eficiencia. Despachó a un muchacho por las tijeras de la casa, a otro por una cubeta de agua del pozo. Afiló con su cuchillo un palito que recogió del suelo. Sentando al hombre sobre un cajón, le quitó el vendaje y dejó ver una cortada como de cinco centímetros, costrosa de tierra y sangre seca. Primero le cortó el pelo alrededor de la herida, clavándole descuidadamente en ella las puntas de las tijeras. El hombre tomó aire con brusquedad, pero no se movió. Después el doctor fue cortando despacio la sangre coagulada desde arriba, silbando alegremente para sí. "Sí", comentó, "es una vida interesante la del médico". Se asomó de cerca a la sangre que brotaba; el campesino seguía sentado como una piedra enferma. "Y es una vida llena de nobleza", continuó el doctor. "Aliviar el sufrimiento de los demás". Aquí tomó el palito afilado, lo hundió hasta el fondo y lo fue corriendo despacio a todo lo largo de la cortada. "¡Bah! ¡El animal se desmayó! ", dijo el doctor. "¡Ándele, deténgamelo mientras se la lavo! ". Con eso levantó la cubeta y le vació el contenido sobre la cabeza al paciente, escurriéndole el agua y la sangre por la ropa. "Estos peones ignorantes", dijo el doctor, atándole otra vez la herida con el vendaje original, "no tienen valor. Es la inteligencia la que hace el alma, ¿eh? ". Cuando el campesino volvió en sí, le pregunté: "¿Es usted soldado? ". El hombre sonrió con una sonrisa dulce y humilde. "No, señor, yo soy nomás un pacífico", dijo. "Vivo en el Canotillo, donde mi casa está a sus órdenes. ". Un buen rato después nos sentamos todos a cenar. Estaba el teniente coronel Pablo Seañes, un joven franco y simpático de veintiséis años, con cinco balas dentro para pagar los tres años de pelea. Su conversación iba salpicada de maldiciones soldadescas, y su pronunciación era un poco confusa, resultado de un balazo en la quijada y de una lengua casi partida en dos por un sablazo. Era un demonio en el campo, decían, y un matón (muy matador) fuera de él. En la primera toma de Torreón, Pablo y otros dos oficiales, el mayor Fierro y el capitán Borunda, habían fusilado ellos solos a ochenta prisioneros desarmados, matándolos cada uno con su revólver hasta que se le cansaba la mano de jalar el gatillo. "¡Oiga! ", dijo Pablo. "¿Cuál es el mejor instituto para estudiar hipnotismo en Estados Unidos? . En cuanto se acabe esta maldita guerra voy a estudiar para hipnotizador. ". Con eso se volvió y empezó a hacerle pases al teniente Borrega, a quien llamaban burlonamente "el León de la Sierra" por lo prodigioso de sus fanfarronadas. Éste sacó de un tirón el revólver: "¡Yo no quiero tratos con el diablo! ", chilló, entre las carcajadas estruendosas de los demás.

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