México insurgente by John Reed

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La Casa Grande de La Cadena había sido saqueada, por supuesto, por Che Che Campa el año anterior. En el patio se corraleaban los caballos de los oficiales. Dormíamos sobre los pisos de mosaico de los cuartos que lo rodeaban. En la sala del dueño, alguna vez decorada con barbarie, se habían clavado estacas en las paredes para colgar sillas y bridas, los rifles y los sables se apilaban contra el muro, y los rollos sucios de cobijas quedaban arrojados al rincón. Por la noche se hacía una lumbre de olotes en medio del piso, y nos acuclillábamos a su alrededor mientras Apolinario y Gil Tomás, de catorce años, que alguna vez había sido colorado, contaban historias de los Tres Años Sangrientos. "En la toma de Durango", decía Apolinario, "yo era de la gente del capitán Borunda, ése al que le dicen el Matador porque siempre fusila a sus prisioneros. Pero cuando Urbina tomó Durango no hubo muchos prisioneros. Así que Borunda, sediento de sangre, se dio la vuelta por todas las cantinas. Y en cada una escogía a un hombre desarmado y le preguntaba si era federal. 'No, señor', decía el hombre. '¡Mereces la muerte porque no has dicho la verdad! ', aullaba Borunda, sacando la pistola. ¡Bang! ". Todos nos reímos de buena gana con esto. "Eso me recuerda", intervino Gil, "la vez que peleé con Rojas en la Revolución de Orozco (¡maldita sea su madre! ). Un viejo oficial porfirista se pasó a nuestro lado, y Orozco lo mandó a enseñarles a los colorados (¡animales! ) a hacer instrucción. Había un tipo muy chistoso en nuestra compañía. ¡Oh! Tenía un fino sentido del humor. Fingía que era demasiado bruto para aprender el manejo del arma. Así que este maldito viejo huertista (¡que se fría en el infierno! ) lo puso a hacer instrucción solo. '¡Armas al hombro! '. El compañero lo hizo bien. '¡Presenten armas! '. Perfecto. '¡Terciar armas! '. Actuó como si no supiera cómo, así que el viejo tonto se le acercó y agarró el rifle. '¡Así! ', dice, jalándolo. 'Ah', dice el tipo, '¡así! '. Y le encajó la bayoneta en el pecho. ". Después de eso Fernando Silveyra, el pagador, refirió unas cuantas anécdotas de los curas que sonaban exactamente como la Turena del siglo XIII, o como los derechos feudales de los señores sobre las mujeres de sus arrendatarios antes de la Revolución francesa. Fernando debía de saberlo, además, porque lo habían criado para la Iglesia. Debíamos de ser unos veinte sentados alrededor de aquella lumbre, desde el peón más miserablemente pobre de la Tropa hasta el primer capitán Longinos Güereca. No había uno solo de estos hombres que tuviera religión alguna, aunque alguna vez todos habían sido católicos estrictos. Pero tres años de guerra le han enseñado muchas cosas al pueblo mexicano. Nunca habrá otro Porfirio Díaz; nunca habrá otra revolución de Orozco; y la Iglesia católica en México nunca volverá a ser la voz de Dios.

Entonces Juan Santillanes, un subteniente de veintidós años que me informó muy serio que descendía del gran héroe español Gil Blas, entonó la antigua copla de mala fama que empieza: "Yo soy el conde Oliveros, de la artillería española. ". Juan exhibió con orgullo cuatro heridas de bala. Había matado a unos cuantos prisioneros indefensos con su propia pistola, dijo, prometiendo llegar a ser algún día muy matador. Presumía de ser el hombre más fuerte y más valiente del ejército. Su idea del humor parecía consistir en romperme huevos en la bolsa del saco. Juan era muy joven para su edad, pero muy simpático.

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