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El ruido constante de la batalla llenaba toda la noche. Adelante bailaban las antorchas, los rieles sonaban, los marros redoblaban sobre las escarpias, los hombres de la cuadrilla de reparación gritaban en el frenesí de su faena. Pasaba de las doce. Desde que los trenes habían llegado al principio de la vía levantada habíamos hecho ochocientos metros. De vez en cuando un rezagado del cuerpo principal bajaba por la línea de trenes, se arrastraba a la luz con su pesado Máuser atravesado y torcido sobre los hombros, y se desvanecía en la oscuridad hacia el desenfreno de sonido en dirección de Gómez Palacio. Los soldados de nuestra guardia, acuclillados alrededor de sus lumbrecitas en los campos, aflojaban su tensa expectación; tres de ellos cantaban una cancioncita de marcha que empezaba: "No quiero ser porfirista, no quiero ser orozquista, ¡pero sí quiero ser voluntario del ejército maderista! ". Curiosos y exaltados, íbamos y veníamos de prisa por los trenes, preguntándole a la gente qué sabía, qué pensaba. Yo nunca había oído antes un verdadero sonido de matanza, y me puso frenético de curiosidad y de nervios. Éramos como perros en un patio cuando afuera hay una pelea de perros. Al final el hechizo se rompió y me encontré desesperadamente cansado. Caí en un sueño de muerto sobre un pequeño reborde bajo el labio del cañón, donde los trabajadores aventaban sus llaves y sus marros y sus barretas cuando el tren avanzaba treinta metros, y se echaban encima ellos mismos entre gritos y payasadas.
En el frío de antes del amanecer desperté con la mano del coronel en el hombro. "Ya pueden ir", dijo. "El santo es 'Zaragoza' y la seña 'Guerrero'. A nuestros soldados se les reconoce por el sombrero prendido hacia arriba por delante. ¡Que les vaya bien! ". Hacía un frío que calaba. Nos echamos las cobijas encima a modo de sarape y caminamos pesadamente pasando la furia de la cuadrilla de reparación mientras martillaba bajo las antorchas saltarinas, pasando los cinco hombres armados repantigados alrededor de su lumbre en la frontera de la negrura. "¿Se van a la batalla, compañeros? ", gritó uno de la cuadrilla. "¡Cuidado con las balas! ". Con eso todos se rieron. Los centinelas gritaron: "¡Adiós! ¡No los maten a todos! ¡Déjennos unos cuantos pelones! ". Más allá de la última antorcha, donde la vía levantada estaba retorcida y revuelta sobre el terraplén desarraigado, una figura en sombras nos esperaba. "Vámonos juntos", dijo, escudriñándonos. "En la oscuridad, tres son un ejército". Fuimos tropezando por la vía rota, en silencio, apenas alcanzando a distinguirlo con los ojos. Era un soldadito rechoncho con un rifle y una canana medio vacía sobre el pecho. Dijo que acababa de llevar a un herido del frente al tren hospital y que iba de regreso. "Toque esto", dijo, tendiendo el brazo. Estaba empapado. No veíamos nada. "Sangre", continuó sin emoción. "Su sangre. Era mi compadre en la Brigada González Ortega. Entramos esta noche allá abajo y tantos, tantos. nos partieron en dos". Era lo primero que oíamos, o pensábamos, sobre heridos. De golpe oímos la batalla. Había estado ocurriendo sin parar todo el tiempo, pero se nos había olvidado: el sonido era tan monstruoso, tan monótono. El fuego lejano de fusilería llegaba como el desgarrarse de una lona fuerte, los cañones golpeaban como martinetes. Ya estábamos a sólo diez kilómetros.