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Los días en La Cadena eran de mucho color. En el amanecer frío, cuando las pozas del río amanecían con una película de hielo, un soldado entraba al galope a la gran plaza con un novillo brincando al extremo de su reata. Cincuenta o sesenta soldados andrajosos, sin que se les vieran más que los ojos entre el sarape y el sombrerón, empezaban una corrida de aficionados, para deleite estruendoso del resto de los compañeros. Agitaban sus cobijas, gritando los gritos correctos de la fiesta brava. Uno le torcía la cola al animal enfurecido. Otro, más impaciente, lo golpeaba con lo plano del sable. En lugar de banderillas le clavaban dagas en el morrillo, y la sangre caliente los salpicaba al embestir. Y cuando por fin caía y le entraba el cuchillo misericordioso en el cerebro, una turba se echaba sobre la res, cortando y desgarrando, y se llevaba trozos de carne cruda a sus cuarteles. Entonces el sol blanco y ardiente se levantaba de golpe detrás de la Puerta, picándole a uno las manos y la cara. Y los charcos de sangre, los dibujos desteñidos de los sarapes, los confines lejanos del desierto ocre se encendían y se volvían vívidos. Don Petronilo había confiscado varias diligencias en la campaña. Las pedíamos prestadas para muchas excursiones, los cinco. Una vez fue un viaje a San Pedro del Gallo a ver una pelea de gallos, bastante apropiadamente. Otra vez Gino Güereca y yo fuimos a ver las fabulosamente ricas minas perdidas de los españoles, que él conocía. Pero nunca pasamos de Bruquilla: nada más holgazaneamos a la sombra de los árboles y comimos queso todo el día.
Ya avanzada la tarde la guardia de la Puerta trotaba hacia su puesto, con el sol tardío suave sobre los rifles y las cananas; y mucho después de oscurecer el destacamento relevado llegaba tintineando desde la oscuridad misteriosa.