México insurgente by John Reed

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Allá a la derecha, a lo largo del pie de la línea de árboles, se levantaba un polvo espeso, los hombres gritaban, los látigos tronaban, y había un retumbo y un tintineo de cadenas. Nos metimos por una veredita que serpenteaba entre el chaparral y salimos a un pueblito perdido en la maleza cerca de la acequia. Se parecía extraordinariamente a un pueblo chino o centroamericano: cinco o seis jacales de adobe techados de lodo y ramas. Se llamaba San Ramón, y allí un nudito forcejeante de hombres se bamboleaba ante cada puerta, clamando por café y tortillas y agitando billetes de papel. Los pacíficos se acuclillaban en sus corralitos, vendiendo macuche a precios exorbitantes; sus mujeres sudaban sobre la lumbre, palmeando tortillas y sirviendo un café negro infame. Por todos lados, en los espacios abiertos, había durmientes como muertos, y hombres con brazos y cabezas ensangrentadas, revolviéndose y gimiendo. Al poco rato llegó un oficial al galope, surcado de sudor, y chilló: "¡Levántense, tontos! ¡Pendejos! ¡Despierten y regresen a sus compañías! ¡Vamos a atacar! ". Unos cuantos se movieron y se pararon a tropezones sobre sus pies exhaustos, maldiciendo; los otros seguían durmiendo. "¡Hijos de la.! ", soltó el oficial, y les espoleó el caballo encima, pisoteando, pateando. El suelo hirvió de hombres saliéndose del camino a gatas y gritando. Bostezaban, se estiraban, todavía medio dormidos, y se colaban despacio hacia el frente de un modo sin rumbo. Los heridos nada más se arrastraban apáticamente a la sombra de la maleza.

A un costado de la acequia iba una especie de camino de carretas, y por él llegaba la artillería constitucionalista. Se veían las cabezas grises de las mulas en el esfuerzo, y los sombrerones de sus arrieros, y los látigos girando; el resto quedaba enmascarado en polvo. Más lentos que el ejército, habían marchado toda la noche. Retumbando pasaron junto a nosotros las cureñas y los armones, los cañones largos y pesados amarillos de polvo. Los arrieros y los artilleros venían de excelente humor. Uno, un americano, cuyas facciones eran absolutamente indistinguibles bajo el manto total de sudor y tierra, gritó preguntando si llegaban a tiempo o si el pueblo ya había caído.

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