Read "México insurgente" by John Reed online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Villa tiene dos mujeres: una, paciente y sencilla, que estuvo con él durante todos sus años fuera de la ley y que vive en El Paso, y la otra, una muchacha delgada y gatuna que es la señora de su casa en Chihuahua. Es perfectamente abierto al respecto, aunque últimamente los mexicanos instruidos y convencionales que se le han ido juntando en número cada vez mayor han tratado de silenciar el hecho. Entre los peones no sólo no es raro, sino que es costumbre, tener más de una pareja.
Uno oye muchísimas historias de que Villa viola mujeres. Le pregunté si eso era cierto. Se jaló el bigote y me miró fijamente un minuto con una expresión inescrutable. "Nunca me tomo la molestia de desmentir esas historias", dijo. "También dicen que soy bandido. Bueno, usted conoce mi historia. Pero dígame: ¿ha conocido alguna vez al marido, al padre o al hermano de alguna mujer que yo haya violado? ". Hizo una pausa: "¿O siquiera a un testigo? ". Es fascinante verlo descubrir ideas nuevas. Recuérdese que ignora absolutamente los problemas y las confusiones y los reajustes de la civilización moderna. "El socialismo", dijo una vez, cuando quise saber qué pensaba de él, "el socialismo, ¿es una cosa? Yo nada más lo veo en los libros, y no leo mucho". Una vez le pregunté si las mujeres votarían en la nueva República. Estaba despatarrado en su cama, con el saco desabotonado. "Pues no creo", dijo, sobresaltado, incorporándose de golpe. "¿Cómo que votar? ¿Quiere decir elegir un gobierno y hacer leyes? ". Dije que sí y que las mujeres ya lo estaban haciendo en Estados Unidos. "Bueno", dijo, rascándose la cabeza, "si allá lo hacen, no veo por qué no habrían de hacerlo acá". La idea pareció divertirlo enormemente. La dio vueltas y vueltas en la cabeza, mirándome y desviando la vista otra vez. "Puede que sea como usted dice", dijo; "pero nunca lo he pensado. A mí las mujeres me parecen cosas que hay que proteger, que amar. No tienen dureza de espíritu. No pueden considerar nada por lo justo o lo injusto. Están llenas de lástima y de blandura. Si una mujer", dijo, "no daría la orden de fusilar a un traidor". "No estoy tan seguro de eso, mi general", dije. "Las mujeres pueden ser más crueles y más duras que los hombres". Me miró fijamente, jalándose el bigote. Y luego empezó a sonreír. Volteó despacio a donde su mujer estaba poniendo la mesa para la comida. "Oiga", dijo, "vente para acá. Óyeme. Anoche agarré a tres traidores cruzando el río a volar el ferrocarril. ¿Qué hago con ellos? ¿Los fusilo o no? ". Apurada, ella le tomó la mano y se la besó. "Ay, yo no sé nada de eso", dijo. "Tú sabes mejor". "No", dijo Villa. "Te lo dejo enteramente a ti. Esos hombres iban a tratar de cortar nuestras comunicaciones entre Juárez y Chihuahua. Eran traidores, federales. ¿Qué hago? ¿Los fusilo o no? ". "Ay, pues fusílalos", dijo la señora Villa.