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El hecho de que Villa deteste la pompa y la ceremonia inútiles hace más impresionante que aparezca en una ocasión pública. Tiene el don de expresar de manera absoluta el sentimiento fuerte de la gran masa del pueblo. En febrero, exactamente un año después de que Abraham González fuera asesinado por los federales en el Cañón de Bachimba, Villa ordenó que se celebrara una gran ceremonia fúnebre en la ciudad de Chihuahua. Dos trenes, que llevaban a los oficiales del ejército, a los cónsules y a los representantes de la colonia extranjera, salieron de Chihuahua temprano por la mañana a recoger el cuerpo del gobernador muerto de su lugar de reposo bajo una tosca cruz de madera en el desierto. Villa le ordenó al mayor Fierro, su superintendente de ferrocarriles, que preparara los trenes; pero Fierro se emborrachó y se le olvidó, y cuando Villa y su brillante estado mayor llegaron a la estación del ferrocarril a la mañana siguiente, el tren regular de pasajeros a Juárez apenas estaba saliendo y no había otro equipo disponible. Villa mismo saltó a la locomotora ya en marcha y obligó al maquinista a regresar el tren a la estación. Luego recorrió el tren ordenando salir a los pasajeros, y lo desvió en dirección a Bachimba. Apenas habían arrancado cuando mandó llamar a Fierro ante él y lo destituyó de la superintendencia de ferrocarriles, nombrando a Calzado en su lugar, y le ordenó a este último que regresara de inmediato a Chihuahua y que estuviera plenamente informado sobre los ferrocarriles para cuando él volviera. En Bachimba, Villa se quedó en silencio junto a la tumba con las lágrimas rodándole por las mejillas. Porque González había sido su amigo íntimo. Diez mil personas estaban de pie en el calor y el polvo de la estación de Chihuahua cuando llegó el tren fúnebre, y se derramaron llorando por las calles angostas detrás del ejército, a cuya cabeza caminaba Villa junto a la carroza. Su automóvil estaba esperando, pero él se negó con enojo a subir, avanzando tercamente a tropezones por la tierra de las calles con los ojos clavados en el suelo.
Esa noche hubo una velada en el Teatro de los Héroes, un auditorio inmenso atestado de peones emotivos y de sus mujeres. El anillo de palcos brillaba de oficiales de gala, y encajados detrás de ellos, por las cinco altas galerías, estaban los pobres andrajosos. Ahora bien, la velada es una institución enteramente mexicana. Primero viene un discurso, luego una "recitación" al piano, luego un discurso, seguido de una canción patriótica interpretada por un coro de niñas indias desgarbadas de la escuela pública con voces chillonas, otro discurso, y un solo de soprano de El trovador a cargo de la esposa de algún funcionario del gobierno, otro discurso más, y así durante por lo menos cinco horas. Cada vez que hay un funeral notable, o una fiesta nacional, o un aniversario presidencial, o de hecho una ocasión de la menor importancia, tiene que celebrarse una velada. Es la manera convencional y respetable de celebrar cualquier cosa. Villa se sentaba en el palco izquierdo del escenario y dirigía el acto tocando una campanita. El escenario mismo era brillantemente espantoso, con colgaduras negras, enormes macizos de flores artificiales, abominables retratos al carboncillo de Madero, Pino Suárez y el gobernador muerto, y focos verdes, blancos y rojos. Al pie de todo aquello había una caja de madera negra, muy pequeña y muy sencilla, que contenía el cuerpo de Abraham González.