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Por supuesto, me alojé en el cuartel. Y justo aquí quiero dejar constancia de un hecho. Los norteamericanos habían insistido en que el mexicano era fundamentalmente deshonesto, en que podía yo esperar que me robaran el equipo el primer día. Pues bien: durante dos semanas viví con la banda de ex forajidos más ruda que había en el ejército. Carecían de disciplina y de instrucción. Muchos de ellos odiaban a los gringos. No les habían pagado un centavo en seis semanas, y algunos estaban tan desesperadamente pobres que no podían presumir ni de huaraches ni de sarape. Yo era un extranjero con buen equipo, desarmado. Tenía ciento cincuenta pesos, que ponía ostensiblemente a la cabecera de mi cama al dormir. Y nunca perdí nada. Pero más aún: no me permitían pagar mi comida; y en una compañía donde el dinero escaseaba y el tabaco era casi desconocido, los compañeros me mantuvieron surtido de todo lo que pudiera fumar. Cada insinuación mía de pagarlo era un insulto.
Lo único posible era contratar música para un baile. Mucho después de que Juan Sánchez y yo nos envolviéramos en nuestras cobijas esa noche, seguíamos oyendo el ritmo de la música y los gritos de los bailadores. Debía de ser la medianoche cuando alguien abrió la puerta de golpe y gritó: "¡Míster! ¡Oiga, míster! ¿Está dormido? ¡Véngase al baile! ¡Arriba! ¡Ándale! ". "¡Tengo mucho sueño! ", dije. Después de más discusión el mensajero se fue, pero a los diez minutos volvió. "¡El capitán Fernando le ordena que venga de inmediato! ¡Vámonos! ". Ahora los demás despertaron. "¡Véngase al baile, míster! ", gritaron. Juan Sánchez se sentó y empezó a ponerse los zapatos. "¡Ya nos vamos! ", dijo. "¡El míster va a bailar! ¡Órdenes del capitán! ¡Ándele, míster! ". "Voy si va toda la Tropa", dije. Con eso soltaron un alarido, y la noche se llenó de hombres riéndose entre dientes mientras se vestían.