México insurgente by John Reed

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El primer carro del tren de reparaciones era una plataforma forrada de acero, sobre la cual iba montado el famoso cañón constitucionalista "El Niño", con un armón abierto lleno de granadas detrás. Detrás de eso iba un carro blindado lleno de soldados, luego un carro de rieles de acero y cuatro cargados de durmientes. Venía después la locomotora, con el maquinista y el fogonero colgados de cananas y el rifle a la mano. Seguían luego dos o tres furgones llenos de soldados y de sus mujeres. Era un asunto peligroso. Se sabía que había una fuerza grande de federales en Mapimí, y el campo hormigueaba de sus avanzadas. Nuestro ejército iba ya muy adelante, salvo quinientos hombres que custodiaban los trenes en Conejos. Si el enemigo lograba capturar o descarrilar el tren de reparaciones, el ejército quedaría cortado sin agua, sin comida y sin parque. En la oscuridad salimos. Yo iba sentado en la recámara de "El Niño", platicando con el capitán Díaz, jefe de la pieza, mientras aceitaba el cierre de su amado cañón y se rizaba los bigotes verticales. En el nicho blindado detrás del cañón, donde dormía el capitán, oí un ruido curioso y ahogado de roce. "¿Qué es eso? ". "¿Eh? ", exclamó él, nervioso. "¡Ah, nada, nada! ". Justo entonces salió una muchacha india joven con una botella en la mano. No podía tener más de diecisiete años, muy bonita. El capitán me lanzó una mirada y de pronto giró en redondo. "¿Qué haces aquí? ", le gritó con furia. "¿Por qué te sales? ". "Creí que habías dicho que querías un trago", empezó ella.

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