México insurgente by John Reed

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Salí de Chihuahua hacia el sur en un tren militar que iba a la vanguardia, cerca de Escalón. Enganchado a los cinco furgones llenos de caballos y con soldados encima iba un vagón de pasajeros en el que se me permitió viajar con doscientos pacíficos ruidosos, hombres y mujeres. Era espeluznantemente elocuente: ventanillas rotas, espejos, lámparas y asientos de felpa arrancados, y agujeros de bala a manera de friso. La hora de nuestra salida no estaba fijada, y nadie sabía cuándo llegaría el tren. La vía acababa de ser reparada. En los lugares donde alguna vez había habido puentes nos hundíamos en los arroyos y resoplábamos subiendo la barranca del otro lado sobre un tramo nuevo y desvencijado que se doblaba y crujía bajo nosotros. Todo el día la orilla de la vía estuvo bordeada de inmensos rieles de acero retorcidos, arrancados con cadena y locomotora en reversa por el concienzudo Orozco el año pasado. Corría el rumor de que los bandidos de Castillo pensaban volarnos con dinamita en algún momento de la tarde. Peones con grandes sombreros de paja y sarapes hermosamente desteñidos, indios de ropa azul de trabajo y huaraches de cuero de res, y mujeres de cara achatada con rebozos negros en la cabeza, y criaturas berreando, atestaban los asientos, los pasillos y las plataformas, cantando, comiendo, escupiendo, parloteando. De vez en cuando pasaba dando tumbos un hombre andrajoso con una gorra rotulada "conductor" en letras doradas deslustradas, muy borracho, abrazando a sus amigos y exigiendo con severidad los boletos y salvoconductos de los desconocidos. Me presenté con él mediante un pequeño obsequio de moneda de Estados Unidos. Dijo: "Señor, de aquí en adelante puede usted viajar libremente por toda la República sin pagar. Juan Algomero está a sus órdenes". Al fondo del vagón iba un oficial de uniforme elegante, con un sable al costado. Iba al frente, dijo, a dar la vida por su patria. Todo su equipaje consistía en cuatro jaulas de madera llenas de calandrias. Más atrás iban dos hombres sentados uno frente al otro a ambos lados del pasillo, cada uno con un costal blanco que contenía algo que se movía y cacareaba. En cuanto arrancó el tren se abrieron esos costales para vomitar dos gallos grandes, que anduvieron paseándose por los pasillos comiendo migajas y colillas de cigarro. Los dos dueños alzaron de inmediato la voz. "¡Pelea de gallos, señores! Cinco pesos a este gallo valiente y hermoso. ¡Cinco pesos, señores! ". Los varones abandonaron al instante sus asientos y se lanzaron clamando hacia el centro del vagón. Ni a uno solo parecían faltarle los cinco pesos necesarios. En diez minutos los dos promotores estaban de rodillas en medio del pasillo, soltando a sus aves. Y mientras traqueteábamos, bamboleándonos de un lado a otro, cayendo en picada a las barrancas y trabajando para subir la otra orilla, una masa arremolinada de plumas y de acero destellante rodaba pasillo arriba y pasillo abajo. Terminado aquello, un muchacho con una sola pierna se puso de pie y tocó "Whistling Rufus" en una flauta de hojalata. Alguien traía una bota de tequila, de la que todos le dimos un trago. Del fondo del vagón llegaron gritos de "¡Vámonos a bailar! ". Y en un momento cinco parejas, todas de hombres, por supuesto, bailaban como locos el two-step. A un viejo campesino ciego lo ayudaron a subirse a su asiento, donde recitó con voz temblorosa un largo corrido sobre las heroicas hazañas del gran general Maclovio Herrera. Todos escucharon en silencio y llovieron centavos en el sombrero del viejo. De vez en cuando nos llegaba flotando el canto de los soldados de los furgones de adelante y el ruido de sus tiros al avistar un coyote galopando entre el mezquite. Entonces todo el mundo en nuestro vagón se lanzaba a las ventanillas, sacando el revólver, y disparaba rápido y furiosamente.

Toda la larga tarde fuimos avanzando despacio hacia el sur, con los rayos del poniente quemándonos al pegarnos en la cara. Cada hora, más o menos, parábamos en alguna estación hecha pedazos a balazos por uno u otro ejército durante los tres años de Revolución; allí el tren quedaba sitiado por vendedores de cigarros, piñones, botellas de leche, camotes y tamales envueltos en hoja de maíz. Las viejas, chismeando, bajaban del tren, se hacían una lumbrecita y hervían café. Acuclilladas allí, fumando sus cigarros de hoja, se contaban unas a otras interminables historias de amor.

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