México insurgente by John Reed

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En Yermo no hay más que leguas y leguas de desierto arenoso, escasamente cubierto de mezquite chaparro y nopal enano, que se extiende al poniente hasta unas montañas dentadas y leonadas, y al oriente hasta una línea temblorosa de llano. Un tanque de agua maltratado, con demasiada poca agua sucia de salitre, una estación de ferrocarril demolida a cañonazos por Orozco dos años antes, y una vía de escape componen el pueblo. No hay agua digna de mención en sesenta kilómetros. No hay pasto para los animales. Durante tres meses en primavera, vientos amargos y resecantes arrastran sobre él el polvo amarillo.

A lo largo de la vía única en medio del desierto había diez trenes enormes, columnas de fuego de noche y de humo negro de día, que se prolongaban hacia el norte más allá de donde alcanzaba la vista. Alrededor de ellos, en el chaparral, acampaban nueve mil hombres sin abrigo, con el caballo de cada uno amarrado al mezquite de junto, donde colgaba su único sarape y tiras rojas de carne secándose. De cincuenta furgones se descargaban caballos y mulas. Cubierto de sudor y de polvo, un soldado andrajoso se metía de un salto a un furgón de ganado entre los cascos que volaban, se izaba al lomo de un caballo y le clavaba hondo las espuelas con un alarido. Entonces venía un redoble tremendo de animales asustados, y de pronto un caballo salía disparado con violencia por la puerta abierta, generalmente de reversa, y el furgón eructaba masas voladoras de caballos y mulas. Levantándose del suelo, huían aterrados, resoplando por las anchas narices al oler el aire libre. Entonces el círculo amplio y vigilante de soldados convertidos en vaqueros alzaba las grandes lazadas de sus reatas a través del polvo asfixiante, y los animales en fuga giraban y giraban unos sobre otros, presa del pánico. Oficiales, asistentes, generales con sus estados mayores, soldados con cabestros buscando su montura, pasaban al galope y corriendo en una confusión inextricable. Se enganchaban mulas reparonas a los armones. Los soldados que habían llegado en los últimos trenes andaban por ahí buscando su brigada. Allá adelante unos hombres le disparaban a un conejo. Desde lo alto de los furgones y las plataformas, donde acampaban por centenares, las soldaderas y sus enjambres de niños semidesnudos miraban hacia abajo, gritando consejos con voz chillona y preguntándole a todo el mundo en general si por casualidad habían visto a Juan Moñeros, o a Jesús Hernández, o comoquiera que se llamara su hombre. Un hombre que arrastraba un rifle iba gritando que llevaba dos días sin comer y que no encontraba a su mujer, la que le hacía las tortillas, y opinaba que lo había abandonado para irse con algún. de otra brigada. Las mujeres de los techos de los furgones decían "¡válgame Dios! " y se encogían de hombros; luego le dejaban caer unas tortillas de hacía tres días y le pedían que, por el amor que le tuviera a Nuestra Señora de Guadalupe, les prestara un cigarro. Una multitud clamorosa y mugrosa tomó por asalto la locomotora de nuestro tren, gritando por agua. Cuando el maquinista los contuvo con un revólver, diciéndoles que había agua de sobra en el tren aguador, se rompieron y se dispersaron sin rumbo, mientras otra multitud fresca ocupaba su lugar. Alrededor de los doce inmensos carros tanque, una masa de hombres y animales peleaba por un lugar en las llavecitas que manaban sin cesar. Sobre el lugar, una nube poderosa de polvo, de once kilómetros de largo y kilómetro y medio de ancho, se elevaba hasta el aire quieto y caliente y, junto con el humo negro de las locomotoras, sembraba asombro y terror en las avanzadas federales, a ochenta kilómetros de allí, en las montañas detrás de Mapimí.

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