El nombre de la rosa by Umberto Eco — Read

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Donde, mientras escucha el Dies irae, Adso tiene un sueño o visión, según se prefiera.

Guillermo se despidió de Nicola y subió para ir al scriptorium. Por mi parte, ya había visto suficiente, de modo que también decidí subir y quedarme en la iglesia para rezar por el alma de Malaquías. Nunca había querido a aquel hombre, que me daba miedo, y no he de ocultar que durante mucho tiempo había creído que era el culpable de todos los crímenes. Ahora comprendía que quizá sólo había sido un pobre hombre, oprimido por unas pasiones insatisfechas, vaso de loza entre vasos de hierro, malhumorado por desorientación, silencioso y evasivo por conciencia de no tener nada que decir. Sentía cierto remordimiento por haberme equivocado y pensé que rezando por su destino sobrenatural podría aplacar mi sentimiento de culpa.

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