La opinión ajena by Eduardo Zamacois — Read

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Aquella tarde la dedicó Perea a visitar los grandiosos mercados centrales. A las cinco, bajo su impermeable y su paraguas de algodón, emprendió el regreso hacia el café del bulevar donde acostumbraba a beber su aperitivo. Llovía copiosamente y la neblina, esa encantadora neblina de París que tanto embellece a las mujeres, emborronaba los edificios y suspendía halos de similor ante los escaparates iluminados de los comercios. Don Higinio seguía la calle Montmartre; iba cansado, salpicado de barro, empujado a cada momento por la muchedumbre.

En la esquina de la calle Croissant alcanzó a una joven «de la casa llana»; rubia, los ojos azules, la nariz respingona, la boca cínica y alegre como una pirueta de café-concierto, el seno redondo, las caderas apretadas y movedizas. Al sentir sobre la blancura de su nuca el cálido aliento de don Higinio, la muchacha volvió la cabeza: una cabecita pequeña, insolente, bajo la sombra de su _canotier_ rojo.

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