La opinión ajena by Eduardo Zamacois — Read

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Empezaba la otoñada con unos días frescos, ligeramente neblinosos, que olían a tierra húmeda. El paisaje cambió: los prados iban amarilleando, y entre el ramaje seco el viento sonaba de otro modo; el Guadamil venía crecido, y sus ondas, en la hoya profunda del Jabalí, tenían murmurios de amenaza. Ya del cielo azulino, de un azul enfermo, las últimas golondrinas se habían marchado; las cigüeñas de la iglesia se fueron también.

Una tarde de octubre, después de almorzar, don Higinio Perea enderezó sus pasos a la botica de don Cándido, que celebraba, juntamente con su fiesta onomástica, el cincuentavo aniversario de su natalicio. Llovía copiosamente y para no cruzar la plaza convertida por obra del mal tiempo y abandono del alcalde, en un barrizal, necesitó don Higinio dar un largo rodeo. Caminaba sin prisa y chupando un buen cigarro. Bajo su paraguas, que le defendía del chaparrón y sobre la sequedad de sus chanclos, iba contento y como transportado cinco años atrás: aquel día turbio, fangoso, en que las piedras de la calle oponían una brillantez acerada a la claridad lívida del espacio, era «un día de París.».

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