Read "Viaje a Nicaragua" by Rubén Darío online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Poco se ha escrito sobre la literatura en Centroamérica, y especialmente en Nicaragua. Menéndez Pelayo le dedica algunas palabras en el prólogo de su Antología. No tengo recuerdo de que en la Lira americana que publicó Ricardo Palma en París esté representada Nicaragua, ni en la obra de Lagomagiore. El poeta Félix Medina comenzó la publicación de una Lira Nicaragüense hace ya muchos años. La obra quedó a medio hacer. En épocas pasadas los rimadores no han sido raros, dado que excelentes sacerdotes, doctores, hombres públicos, licenciados, han, como decía el inocente énfasis de antes, «pulsado la lira». Tengo memoria de haber oído en mi infancia muchos cantos nacionales, patrióticos, guerreros y amorosos.
Del corazón del pueblo han brotado, como en todos los países, cantares sentidos y sencillos como éste:
Mañanitas, mañanitas, como que quiere llover.
Así estaban las mañanas cuando te empecé a querer.
Era costumbre que en los entierros se distribuyesen a los concurrentes, junto con las velas de cera, prosas y poesías impresas en papel de luto. En esa literatura fúnebre se solían encontrar producciones de cierto mérito, firmadas con nombres conocidos o con seudónimos. La novela no ha tenido cultivadores. Apenas un caballero de la ciudad de Granada, el Sr. Gustavo Guzmán, ha dado hace tiempo a la publicidad algunas tentativas sin pretensiones. El historiador Gámez publicó también en 1878 un ensayo de novela: Amor y constancia.
Los estudios históricos sí están representados por libros plausibles y meritorios. Fuera de Jerónimo Pérez, ya citado, y de Hernández Somosa, cuyos trabajos se han circunscrito a épocas determinadas, el país se enorgullece con la labor de Tomás Ayón y de José Dolores Gámez. Ayón fué un jurisconsulto eminente, que en los últimos años de su vida se dedicó a escribir la historia de Nicaragua sin más elementos que los historiadores de Indias, los historiadores guatemaltecos y lo poco de aquellos pobres archivos. Publicó su trabajo por la imprenta Nacional.
Como fué un escritor para quien los clásicos eran familiares, su producción se recomienda por discreción y elegancia de estilo, aunque se le hayan hecho algunos reparos como analista. Dejó ese varón ilustre un hijo que heredó sus dotes estéticas, y que hoy es uno de los primeros cultores del arte de escribir en aquella República: Alfonso Ayón.
Gámez, cuya actuación política ha sido mucha y muy agitada, es uno de los más firmes sostenedores de las ideas liberales en Centroamérica. Su radicalismo es fundamental, y su intransigencia reconocida. Así en su obra no busca disimular las tendencias preferidas de su espíritu. «Yo-dice en la introducción de su Historia de Nicaragua-, debo declararlo con franqueza, no puedo ni podría nunca ocultar mis simpatías por el sistema republicano, por las luchas en favor de la independencia y libertad de los pueblos, por los progresos modernos y por las avanzadas ideas del liberalismo en todas sus manifestaciones», etc. De esta manera, en su producción hay siempre un vago relampagueo de jacobinismo que se hace advertir entre la facilidad y la claridad de su discurso.
Después de la publicación de su Historia, el autor anunció la de otras obras, como Archivo histórico de Nicaragua, «voluminosa recopilación cronológica de documentos históricos desde 1821 hasta nuestros días»; un Diccionario biográfico y geográfico de la República de Nicaragua; sus Memorias del destierro y Los grandes nacionalistas, estudios de la vida y hechos de los grandes caudillos que en Centroamérica se han esforzado por reconstruir la Patria de 1834. Estos libros han quedado hasta ahora inéditos. Gámez ha tenido que dejar muchas veces de escribir historia por «hacer historia». Nadie ha podido por allá dedicarse a las puras letras. Pero ¿acaso no hay la misma queja en toda la América latina? ¿Y en España misma? Hay en aquellos países, y en Nicaragua muy particularmente, una abundancia de materia prima, o, mejor dicho, de espíritu primo, que es de admirar. Mas el ambiente es hostil, las condiciones de existencia no son propicias, y la mejor planta mental que comienza en un triunfo de brotes se seca al poco tiempo. La impresión de libros, como lo he dicho ya, casi es nula. La producción de literatos y de poetas ha tenido que desaparecer entre las colecciones de diarios y de una que otra revista de precaria vida. Hubo un poeta de gran cultura, a quien yo conocí anciano, y que murió siendo director de la Biblioteca Nacional de Managua: Antonino Aragón. Había sido amigo de un famoso romántico español que recorrió casi toda la América: el montañés Fernando Velarde, autor de los Cantos del Nuevo Mundo. Aragón, lírico y sentimental, escribió buen número de poesías, y no queda de él ni un solo volumen. Carmen Díaz, que poseyó lo que antes se llamaba «inspiración», no dejó tampoco ni un libro. Lo propio Cesáreo Salinas, que rimó asuntos galantes y graciosos, y a quien, como a tantos otros, fué fatalmente destructor el medio en que su talento se desenvolviera.