Read "Viaje a Nicaragua" by Rubén Darío online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Entre los poetas actuales es el primero Santiago Argüello. Ha producido ya una obra considerable. Se le reconoce como a un maestro. Ha sido vario en sus efusiones líricas; se le ha aplaudido, ha triunfado. Es fecundo, es sonoro, es tropical, es un trabajador y un virtuoso del verso. Ha publicado no solamente poesía, sino libros de crítica y, por motivos docentes, un texto de literatura. Ha ensayado el drama con ruidoso éxito. En Argüello hay una mezcla de cerebral y de sensitivo. Su imaginación es rica y derrochadora. Su talento ha revelado su fortaleza cuando, a pesar del medio en que ha vivido, ha podido crear lo que ha creado. A pura intuición y a puro libro ha realizado sus primeros sueños de arte. Con motivo del estreno de su drama Ocaso escribíale Max Nordau: «No le felicito sólo por el éxito, sino también por la obra misma, fuerte y bella, y, sobre todo, por la idea que usted ha tenido de escribir una pieza vivida, auténtica, arraigada en su suelo, poblada de un mundo suyo, cargada de ideas propias y sentimientos reales: una pieza que traduce la vida en el espacio y en el tiempo. Necesitaba usted valor para emanciparse de la influencia extranjera, para apartarse de ese mundo ficticio, casi siempre parisiense, en que se mueve el teatro sudamericano, y colocar sobre la escena los seres y las cosas que le son familiares. Ha hecho usted un bellísimo début. ¡Ojalá sea el creador del teatro nacional hispanoamericano!» El famoso israelita se refiere a la valiente tesis social del drama, que en Madrid habría causado el ruido de una Electra galdosiana. No hay duda de que en Centroamérica, Argüello, con el gran salvadoreño Gavidia, en asuntos de teatro va a la cabeza. Su poesía es, como él la llama en uno de sus libros, «de tierra cálida»; sin embargo, su alma ha ido a todas partes, ha viajado en peregrinación y adoración de bellezas por épocas y países diversos. ¿Qué poeta verdadero no lo ha hecho, sobre todo en nuestras Américas, de irreductibles ensoñadores? Ha habido quienes critiquen la preferencia en nuestras zonas por princesas ideales o legendarias, por cosas de prestigio oriental, medioeval, Luis XIV, o griego, o chino.
Homero, señores míos, tenía sus lotófagos; Shakespeare, su Italia, o su Dinamarca, o su Roma, y, sobre todo, sus islas divinas. Para ser completo y puramente limitado a lo que nos rodea se necesita el honrado, el santo localismo de un Vicente Medina el murciano, o de un Aquileo Echeverría el costarricense. Y ya Medina está en Buenos Aires.
Argüello siente la Naturaleza y se comprende unido a ella. Su llama interior brota en la profusión de sus ritmos y rimas. Sus formas tienen de lo clásico y de lo moderno. Gusta, más que del símbolo, de la alegoría. Su vocabulario es muy rico, quizás excesivo, pues ocurre que al leer algunas de sus páginas tiene uno que recurrir al Diccionario.
Labra y engarza sus palabras con minucias de orfebrería. Así como a Robert de Montesquiou en Francia, a él sería al único quizá que se le podría llamar entre nosotros poeta decadente. Tiene, sin embargo, otras maneras, pues ya he dicho que es un notable «virtuoso». Ved cuánta diferencia hay entre unas y otras de sus poesías. Citaré ésta, del libro De tierra cálida, titulada Germinal:
El horno de abril. En la hoguera se abrasan los llanos. Extiende sus velas el pájaro y hiende los aires. Resopla la fiera.
El horno de abril reverbera, y se oye zumbar: es el duende que fuegos eróticos prende.
Después, la gentil Primavera su espeso cabello prendido con regias coronas. El nido renueva las notas del coro.
Rosal lujurioso se cubre de rosas. Da leche la ubre; la espiga, mazorcas de oro.
Y este fragmento de un poema, Habla Safo de sus tres amores:
¡Oh, vírgenes de Lesbos.! ¡Adoradas y encantadoras vírgenes! ¡Vosotras prendéis en el fanal de mi pupila esa vívida lumbre de las diosas! ¡Qué fulgentes los ortos de mi dicha cuando os veo venir; cuando radiosas, el perfume esparcís de las praderas; cuando, a su paso, vuestros pies enfloran; cuando bajan en densas espirales, del cabello, las víboras, que enroscan sus anillos de seda en vuestro cuello: esas ávidas víboras que flotan como obscuros afluentes del Cocito o cual rayos de una alba esplendorosa, buscando sobre el seno palpitante la miel de Hymeto en la colmena roja! ¡Athis divina! ¡Que se encienda mi alma en la risa de luz que hay en tu boca, y que es rayo auroral que va jugando en los pétalos frescos de una rosa! ¡Que me envuelva tu pelo rubio, como un áureo manto real! Y que a la sombra de tu pestaña crespa, Amor encienda en tus célicos ojos tus auroras, en tus ojos azules como el Actium, y como el Etna ardientes. ¡Tú, Anactoria, que enloqueces mi mente! ¡Tú, el ensueño del alma ambicionado.! ¡De tu boca riega sobre la mía la cascada de tus ígnicos besos!
¡Venid todas, bellas hijas de Pira.! ¡Ven, Cyrina, la del mohín lascivo.! ¡Ven, Andrómeda! ¡Timas, Naís. volad! ¡Volad! ¡Que escancie la madre del Amor en nuestras copas sus embriagantes vinos.! ¡Que se tiñan los auríferos bordes, y las rosas de vuestros grasos labios encendidos ensangrienten la tez de sus corolas! ¡Matadme, delirantes. !
¡Ven, Corina; hazme que pruebe de tu piel sabrosa! ¡Ponme borracho de deleite.! ¡Déjame con mis sedientos labios en la copa!