La silla del águila by Carlos Fuentes — Read

Explore "La silla del águila" by Carlos Fuentes on Textopian. Read with annotations and highlights.

Insistes, querido y guapo Nicolás. Veo que mi carta no te convenció. Me duele menos tu falta de inteligencia que mi falta de persuasión. Por eso no te culpo. Debo ser espesa, muy lerda en verdad, muy inarticulada. Te digo directamente mis razones y tú, un muchacho tan listo, no me entiende. La falta, te repito, ha de ser mía. Admito, sin embargo, que tu pasión no me es indiferente y me mueve a desdecirme. No, no creas que con tu ardiente prosa has derrumbado los muros de mi fortaleza sexual -si así puedes llamarla. No, el puente levadizo sigue elevado, las cadenas de la puerta tienen candado. Pero hay una ventana, hermoso y joven Nicolás, que se ilumina todas las noches a las once.

Allí, una mujer que tú deseas se desnuda lentamente, como si la observase un testigo más carnal y cálido que el frío azogue de su espejo. Esa mujer no es vista por nadie y sin embargo se desviste con una sensual lentitud que su imaginación puebla de testigos. Es delectable esa hembra, Nicolás. Y para ella es delectable desnudarse ante un espejo con la lentitud de los artistas de la escena o de la corte (una caprichosa evocación, lo admito), imaginando que ojos más ávidos que los del propio espejo que la refleja la están mirando con deseo -ese deseo ardiente que tu mirada comunica, niño malvado, chiquillo travieso, objeto tan deseable de mi deseo sólo porque eres objeto aplazable. Pues el deseo consumado, ¿todavía no lo sabes?, nos condena a la virtud subsiguiente o, lo que es peor, a la indiferencia.

Reading navigation