Explore "Montes de Oca" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ya en el trance de dar forma legal a la renuncia, el Gobierno se aplicó a endilgar del mejor modo posible la página histórica, para que los venideros tiempos no tuvieran nada que decir en punto a formalidades, y allí hubo de lucir todo su talento el que luego adquirió fama imperecedera, D. Manuel Cortina, hombre muy fuerte en jurisprudencias y en el conocimiento de la humanidad. Resultaba dificilísimo fundamentar la renuncia de la Gobernadora, que en 16 de Septiembre había dicho en un decreto famoso que satisfaría las necesidades de los pueblos. ¿Con qué razones se justificaba la ligereza de negar en Octubre lo que un mes antes había ofrecido conceder? Aquí del ingenio político, aquí de las elasticidades del pensamiento y de la palabra, para concertar un sí con un no y fundar encima el catafalco de la renuncia. Si por su entendimiento descollaba Cortina, no valía menos por la rectitud de su conciencia; y no hallando razones públicas con que motivar ante la posteridad el paso de la Reina, creyó que debía buscarlas en el orden privado. Demostró en ello más inclinación a resolver todo conflicto con resortes humanos que con artificios forenses, y rebosando de sinceridad y buena fe, propuso a la Reina que por cimiento de la dimisión se pusiera el hecho firme, bajo el punto de vista legal, de su casamiento morganático.
Debe decirse que si lo del casamiento no era más que un rumor, la naturaleza maligna del caso le daba tanto crédito, que ya en 1840 poquísimas personas lo negaban. Últimamente, la desavenencia ruidosa entre Cristina y su hermana contribuyó a difundir el secreto, pues Doña Carlota, refugiada en París, no halló mejor modo de distraer los ocios de su proscripción que refiriendo con pormenores de verdad todo el idilio palatino y morganático. Se cuenta que Su Alteza patrocinó un libelo que sobre la regia historia escribieron plumas venales en la capital de Francia, el cual no pudo ver la luz pública porque nuestro Embajador, Marqués de Miraflores, se cuidó de recoger toda la edición y destruirla, no sin que se escaparan algunos, muy poquitos, ejemplares.