Explore "Montes de Oca" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
La repetición de este concepto, al siguiente día, quitó a Ibero toda esperanza de que el General accediese por el momento a trasladarle al Norte; y para colmo de desdicha, siempre que de esto se le hablaba, respondía Espartero con mayor severidad y firmeza, tomando a broma lo de la licencia absoluta, que calificó de chiquillada indigna de un hombre serio. No tuvo al fin Santiago más remedio que resignarse, ayudándole en su conformidad la bonísima doña Jacinta, que le prometió escribir a La Guardia para informarse de la intriga o cábala matrimonial que hacía de un bravo coronel de ejército un desairado personaje de comedia sentimental. En los días que precedieron a la partida de la Reina, se distrajo con las precauciones que hubieron de ser tomadas para impedir que se turbara el orden, pues corrían voces de que la caterva reaccionaria produciría un motín en el momento de salir Su Majestad de la misa en la Virgen de los Desamparados para dirigirse al muelle. El plan era precipitarse al coche, cortar los tirantes, y haciendo de borriquitos los señores y pueblo, llevarse a la Real persona con rápida tracción a Palacio. Así desbarataban caballerescamente todo el plan de embarque, dando por nulo y sin ningún valor el acto de la llamada renuncia.
Bueno será indicar el extrañísimo estado psicológico de Ibero con respecto a la Reina, para que a nadie sorprenda que se alegraba de verla partir, aun conservando hacia ella una simpatía dulce, y compadeciéndola por la pena de separarse de sus hijas. El amor, que desatado con violencia desequilibra las facultades y centuplica la sensibilidad y la fantasía a expensas de la razón, probó de un modo excepcional todo su poder en el valiente Ibero, llevándole al delirio, y haciéndole ver en la Naturaleza y en la Sociedad fenómenos y relaciones propias de la edad primitiva. No llegó ciertamente a un estado de locura como el de Cardenio; pero sí a creer y sentir como hijo de las selvas, de las espeluncas o de cualquier otro sitio donde no había civilización, ni ciencia, ni pacto social, sino rebaños de hombres soñadores y pacíficos ante los sublimes espectáculos del cielo y de la tierra. El bravo coronel veía signos de celestial escritura en las dispersas estrellas y constelaciones, o figuras humanas que recorrían con pausada solemnidad la inmensa bóveda; animaba con su naturalismo creador los objetos terrestres, atribuyendo a los árboles, a las peñas, a las sombras de los edificios, y aun a las cosas más innobles, figura, existencia y personalidad, y separando todas estas visiones en las dos categorías de benéficas y maléficas. Un poste, a veces, le miraba con saña; un ventanucho le sonreía; una caja de cigarros le decía: «cuidado Ibero» con fraternal interés; una banderola ondeando al viento le gritaba: «tonto, ¿por qué vives?». Aprendió mil supersticiones sin que nadie se las enseñara, y mil formas de jettatura. Reconociendo él mismo la ridiculez de aquel trastorno, actuaba sobre sí con la voluntad, y trataba de quitarse tales tonterías de la cabeza, diciéndose al fin: «¡Qué bien te vendría, Santiago, que estallase otra guerra, para que los cuidados y peligros te limpiaran el entendimiento de esta mugre!».