Explore "El Equipaje del Rey" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando se quedó solo, elevó D. Fernando de nuevo su pensamiento a Dios. Adquirió con esto cierta tranquilidad, cierto reposo emanado de la profunda convicción de su inmensa desgracia, y aceptando aquella amargura se engrandecía a sus propios ojos. La fogosidad de su imaginación llevábale a compararse con los colosos de infortunio, pero superándolos a todos: tan pronto recordaba a Job de la antigüedad hebraica, como a Edipo, de los tiempos heroicos, y hasta en sus coloquios, en sus alegatos ora tiernos, ora coléricos con la divinidad se les parecía.
Después de un instante de estupor contemplativo sintió anhelo vivísimo de comunicar a alguien la congoja de su alma, y se acordó de su amigo Respaldiza, cuya voz había oído poco antes al través del tabique sin hacerle caso. La endeble pared consistía en un armazón de maderas y adobes, cubierta a trechos de viejísimo yeso, que formaba en sus irregulares claros y fajas al modo de un fantástico mapa. Por diversas partes, y principalmente junto al suelo, había muchos agujeros por donde podían pasar el ruido y la claridad, pero no objeto alguno de más grueso que un dedo. Golpeó don Fernando el tabique, diciendo: