Explore "El Equipaje del Rey" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Luego que Monsalud saliera de la prisión, se serenó un tanto; mas por algún tiempo estuvieron aún sus entendederas en lastimoso eclipse. No era de aquellos a quienes la bebida impulsa a desaforados disparates de palabra y obra, sino que por el contrario en aquella su embriaguez primera, después de algunos minutos de estúpida animación, sintiose amodorrado y con tristeza tan congojosa, que el cielo parecía habérsele puesto sobre los hombros. Sus amigos españoles renegados y franceses bebían y jugaban a los naipes, reunidos en alegres grupos dentro de la sala que servía de cuerpo de guardia y también en el patio. Los del convoy, paisanos y militares, habían ido allí atraídos por el olor de los riojanos pellejos; pero como se acercara la hora de partir y el descanso de bestias y hombres había sido grande, se disponían a seguir adelante.
Salvador advirtió que algunos jurados y cazadores franceses, soliviantados por el vino, hacían tan infernal ruido como si todo el ejército de José estuviese bailando dentro de una sola pieza. Mareado y aturdido, anhelando silencio y reposo, Monsalud huyó de su compañía y fue al patio, donde algunos paisanos graves y sargentos con ínfulas de coroneles, dirigiendo en pomposas espirales hacia el limpio cielo, cual si quisieran empañarlo, el humo de sus pipas, hacían cálculos sobre la campaña emprendida y los acontecimientos que se aguardaban para el día siguiente.