Zaragoza by Benito Pérez Galdós — Read

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El día siguiente, 22, fué cuando Palafox dijo al parlamentario de Moncey que venía á proponerle la rendición: No sé rendirme: después de muerto hablaremos de eso. Contestó en seguida á la intimación en un largo y elocuente pliego que publicó la Gaceta (pues también en Zaragoza había Gaceta); pero según opinión general, ni aquel documento ni ninguna de las proclamas que aparecían con la firma del Capitán General eran obra de éste, sino de la discreta pluma de su maestro y amigo el Padre Basilio Boggiero, hombre de mucho entendimiento, á quien se veía con frecuencia en los sitios de peligro rodeado de patriotas y jefes militares.

Excusado es decir que los defensores estaban muy envalentonados con la gloriosa acción del 21. Era preciso, para dar desahogo á su ardor, disponer alguna salida. Así se hizo, en efecto; pero ocurrió que todos querían tomar parte en ella al mismo tiempo, y fué preciso sortear los cuerpos. Las salidas, dispuestas con prudencia, eran convenientes, porque los franceses, extendiendo su línea en derredor de la ciudad, se preparaban para un sitio en regla, y habían comenzado las obras de su primera paralela. Además, el recinto de Zaragoza encerraba mucha tropa, lo cual, á los ojos del vulgo, era una ventaja, pero un gran peligro para los inteligentes, no sólo por el estorbo que causaba, sino porque el gran consumo de víveres traería pronto el hambre, ese terrible general que es siempre el vencedor de las plazas bloqueadas. Por esta misma causa del exceso de gente eran oportunas las salidas.

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