Zaragoza by Benito Pérez Galdós — Read

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Desde aquel día, tan memorable en el segundo sitio como el de las Eras en el primero, empezó el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados. Las salidas verificadas en los primeros dos días de Enero no fueron de gran importancia. Los franceses, concluída la primera paralela, avanzaron en zig-zag para abrir la segunda, y con tanta actividad trabajaron en ella, que bien pronto vimos amenazadas nuestras dos mejores posiciones del Mediodía, San José y el reducto del Pilar, por imponentes baterías de sitio, cada una con diez y seis cañones. Excusado es decir que no cesábamos en mortificarles, ya enviándoles un incesante fuego, ya sorprendiéndoles con audaces escaramuzas; pero así y todo, Junot, que por aquellos días sustituyó á Moncey, llevaba adelante los trabajos con mucha diligencia.

Nuestro batallón continuaba en el reducto, obra levantada en la cabecera del puente de la Huerva y á la parte de fuera. El radio de sus fuegos abrazaba una extensión considerable, cruzándose con los de San José. Las baterías de los Mártires, del Jardín Botánico y de la torre del Pino, más internadas en el recinto de la ciudad, tenían menos importancia que aquellas dos sólidas posiciones avanzadas, y le servían de auxiliares. Nos acompañaban en la guarnición muchos voluntarios aragoneses, algunos soldados del resguardo, y varios paisanos armados de los que espontáneamente se adherían al cuerpo más de su gusto. Ocho cañones tenía el reducto. Era su jefe D. Domingo Larripa; mandaba la artillería D. Francisco Betbezé, y hacía de jefe de ingenieros el gran Simonó, oficial de este distinguido cuerpo, hombre de tal condición, que se le puede citar como modelo de buenos militares, así en el valor como en la pericia.

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