Explore "Los Duendes de la Camarilla" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Fue a San Justo Lucila en busca de Domiciana, como esta le había mandado; pero no la encontró. En la cerería tampoco estaba. Prescindió de ella por aquel día, y al siguiente le dio D. Gabino el socorro por encargo de su hija, que andaba en ocupaciones callejeras. Otro día volvió, en ocasión de estar ausente el cerero. Ezequiel entregó a la moza, de parte de su hermana, un paquete de comestibles y dos moneditas de a real y cuartillo, agregando frases de afecto dulce, y una vanidosa ostentación de las velas que estaba rizando detrás del mostrador. «Mira, Lucila, ¿qué te parece esta obra?». Digno era en verdad aquel rizado de los sacros altares a que lo destinaba la piedad, y por la gracia y pulcritud del trabajo, competía con lo mejor que labraran manos de angelicales monjas. Verdad que las de aquel mancebo manos de monja parecían, en consonancia con su rostro lampiño y terso, con su expresión de honestidad y la inocente languidez de su mirada. La tez era del color de la cera más blanca, el cabello negro, los ojos garzos y tristes. «Mira, Lucila, mira esta que rizo y adorno para ti - dijo atenuando su orgullo con la media voz de la modestia, al mostrar una vela chica que sacó de un hueco del mostrador . Ayer la empecé, y no quiero hacerla de prisa, para que me salga a mi gusto.
-¡Oh, qué precioso, qué maravilla! - exclamó Lucila cogiendo la vela, girándola suavemente para verla en redondo.