Los Duendes de la Camarilla

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Dejando correr, en una pausa breve, lágrimas dulces, lágrimas amargas, continuó Lucila su triste historia, que en algunos puntos más le causaba gozo que pena; siguió por terreno a veces llano, a veces escabroso, sin esquivar los pasos al borde del precipicio, incitada por la cerera, que le pedía sinceridad, franqueza gallarda. Contó las querellas que con su padre tuvo por el amor de Tolomín; cómo estas desavenencias la separaron al fin de Ansúrez y del hermano pequeño (el cual en aquellos días entró de aprendiz en el taller de unos boteros de la calle de Segovia, amigos de su padre); cómo unió su suerte a la del Capitán, locamente enamorada y obedeciendo a una fuerza imperiosa, irresistible; cómo fueron obsequiados por el Ramos, manolo viejo de ideas revolucionarias, retirado de la patriotería activa y enriquecido en su comercio de maderas viejas; cómo hallándose un día refrescando con el Ramos en cierta botillería de la calle de los Abades, se les apareció el Teniente Castillejo emparejado con la viuda de un capitán, y cómo, en fin, los cuatro se fueron a vivir a un piso quinto, en la calle del Azotado, con anchura de local y estrechez grande de recursos. A poco de instalarse les sorprendió de madrugada la policía, cuando estaban en el primer sueño, pues nunca se acostaban hasta después de media noche. A tiros y sablazos les atacaron tres hombres. Defendiéronse Tomín y el Teniente con gran coraje; mataron a uno; los otros dos tuvieron que huir en busca de refuerzo. Antes que volvieran, Castillejo y la Capitana se bajaron al segundo piso. Tomín fue más previsor: a pesar de hallarse herido de arma blanca en una pierna, de arma de fuego en un brazo, escapó por la boardilla al tejado vecino, pudiendo descolgarse de un modo casi milagroso al patio de una posada de la Cava Baja. Lucila en tanto cogió calle más pronto que la vista, corrió a la posada y ayudó a su Tomín a escabullirse por la calle de Segovia abajo; tomaron resuello en un corralón de la Cuesta de Caños Viejos, y allí le vendó como pudo las heridas para contener la sangre. La situación era en extremo apurada. Gracián no podía valerse. Con rápida iniciativa ante el peligro, corrió Lucila en busca de el Ramos, única persona de quien podía esperar socorro, y el patriotero jubilado no desmintió en aquel caso su magnánimo corazón, ni su abolengo de sectario constitucional que había vestido el glorioso uniforme de la Milicia Urbana. Al amanecer, en un carro de cueros fue transportado el Capitán a la calle de Rodas.

Sin que nadie le viese, fue subido al nido de murciélagos, lugar al parecer distante del acecho policiaco, y allí quedó entre los gatos y el cielo, asistido de su fiel amiga, que con su cuidado y ternura le sostuvo el alma para que no cayese en la desesperación, atajó la muerte, aseguró la vida, y restituyó a la sociedad el hombre que esta había cruelmente repudiado.

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