Explore "Los Duendes de la Camarilla" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
La nueva morada de Lucila y Tomín era un segundo piso, calle de San Bernabé, lugar ventilado y alegre, con vistas al Manzanares y lejanos horizontes que comprendían la Casa de Campo, pradera de San Isidro y término de los Carabancheles. Para escoger aquella vivienda no se fijó Lucila principalmente en su amena situación ni en los aires salutíferos que la bañaban: aunque todo esto era muy de su agrado, no se determinó a mudarse mientras el tratante en leñas, José Rodríguez, primer amparador de Gracián, y el Ramos de la calle de Rodas, no le dieran, con su palabra honrada, garantía de la seguridad que allí tendría el perseguido Capitán. Bajo tal fianza, accedieron ambos a compartir la casa modesta de un acomodado matrimonio. Era él propietario de tierras en la Villa del Prado, su patria, pero a la descansada vida de labrador prefería la inquieta de tratante en uvas por Agosto y Septiembre, y en ganado los demás meses del año. Antolín de Pablo salía cada quincena para Villaviciosa, Sevilla la Nueva, Villa del Prado y Cadalso de los Vidrios, y volvía con carneros y terneras para el matadero de Madrid. Su mujer, Eulogia Ciudad, había sido criada de una Marquesa, que al morir le dejó un legadito: era persona de agrado y habla fina. Privada de sucesión, Eulogia se consolaba en la cría y cuidado de animales. Sus gatos llamaban la atención por la brillantez del pelo así como por la mansedumbre; sus perros sabían llevar y traer un cesto con recado. La casa se comunicaba por la planta baja con un corralón donde Eulogia tenía gallinas ponedoras, dos cabras, un cordero, un gamo, dos galápagos, un erizo, una jabalina de corta edad, domesticada, dos maricas también en vías de civilización, y un borriquillo. Representaban el reino vegetal dos almendros, un saúco y un albaricoquero, que un año sí y otro no cargaba enormemente de fruto.
Simpáticos fueron a Lucila y Tomín sus patronos, y para el Capitán fue una expansión gratísima el permiso que se le dio para bajar al corral, siempre que quisiese engañar allí las horas aburridas de su prisión. Cuando a sus quehaceres salía Cigüela, el prisionero cogía un libro, bajaba con ella, y la despedía en el portal diciéndole: «Yo me voy al Paraíso Terrenal, y allí me encontrarás cuando vuelvas».