Carlos VI en la Rápita by Benito Pérez Galdós

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Viéndome más sereno, me obsequió Simicon pipas de calabaza y sandía tostadas, golosina que entretiene la voluntad y disipa los pensamientos rencorosos. No obstante mi aparente conformidad con el Destino, la procesión de mis agravios iba por dentro, y no podía resignarme a la traición de Yohar sin decir a ésta cuatro verdades más o menos frescas, y sin coger por mi cuenta al sephardim que me robaba la mujer, y obsequiarle con una pateadura en el Mellah o donde quiera que le encontrase. Como español y como cristiano, no podía evadir el precepto de honor que a una venganza donosa y pública me obligaba, y habría dejado en mal lugar a mi nacionalidad y a mi fe (aunque esto parezca mentira), si al cumplimiento de tan sagrado compromiso no me aprestase sin perder horas ni minutos. Cuando este propósito manifesté a las judías que me rodeaban, advertí en ellas más sorpresa que terror. No comprendían mi acción vengadora ni los sentimientos en que tenía su origen. Alguna me incitó a la paciencia, y en otras noté una vaga admiración de mi audacia barragana, en el sentido de arranque temerario y caballeresco. Cuando les dije que Natham Papo y yo nos pelearíamos hasta que uno de los dos quedase tendido en medio de la calle, se asustaron. Hanna se apresuró a rasgar otro indecente trapo inservible, y Mazaltob, con acento de prudencia, me agarró del brazo diciéndome: «Tente, goi, tente con justedad, y cata que Papo Acevedo está abrigado debajo de la bandera cónsula de la Ingalaterra. Serás cogido y aína llevarás condenación de azotes». De la escandalosa chillería de aquellas pécoras no hice ya maldito caso, y me zafé de sus garras, echando a correr fuera de la casa y por la calle adelante, sin cuidarme de las mujeres sucias y chiquillos tiñosos que a mi paso repetían el fúnebre guau, guau.

Tomé la vuelta de calles excéntricas para dirigirme a la parte del Mellah llamada Meca, donde está la casa de mis enemigos, decidido a meterme en ella y coger por los cabezones al sephardim Papo si, por desgracia suya, allí le encontraba. Ya distaba veinte pasos de la morada de Riomesta, cuando vi que de ella salía mi sabio amigo el rabino Baruc Nehama, llenando la calle con su procerosa estatura y la opulencia de sus barbas patriarcales. Lo mismo fue verme, que venir hacia mí con los brazos abiertos, y no esperó a tenerme cogido para echar así la voz tonante: «¿A dó vas, mancebo voluntarioso? Por el aire que trais y el brillar de tus ojos, me parece que vienes con ira. De aquí no pases, ni te pongas injurioso, que no has razón para ello». Contestele que razón me sobraba, y que quería demostrar que no se juega con un caballero castellano. Pero a mis atropelladas voces contestó con estas otras de grandísima sensatez: «Bien sé que eres caballero, y que entre tus antespasados cuentas al señor Cid, y a otros Cides, como verbigracia el mío señor don Gonzalvo de Córdoba; pero eso no es al caso, pues nadie ha puesto borrón en tu caballería. A Yohar te llevaste contra la ley nuestra y la tuya, y es de justedad que pierdas lo que allegaste con latronicio. No pienses en traer acá duelos con Papo, que es hombre de cuenta; y si en la calle te topas con él, él te deseará la paz, como si topara un buen amigo. Generancio tras generancio,Papo viene de tu tierra y es judeo-español, de los Acevedos de Plasencia, con quienes tuvo parentesco el que llamáis don Cristóforo Colón, primer catador de vuestras Américas de cacia Poniente. Ten cordura, ten agudeza, hijo. Yo digo que bien puede agradecer Yohar al sephardim que la haiga cogido encariciada de manos de otro. En ello mostra Papo ser varón coronado de virtudes».

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