Explore "Las Tormentas del 48" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sigüenza, Noviembre. Al amanecer de hoy, bajando de Barbatona, vi a la gran Sigüenza que me abría sus brazos para recibirme. ¡Oh alegría del ambiente patrio, oh encanto de las cosas inherentes a nuestra cuna! Vi la catedral de almenadas torres; vi San Bartolomé, y el apiñado caserío formando un rimero chato de tejas, en cuya cima se alza el alcázar; vi los negrillos que empezaban a desnudarse, y los chopos escuetos con todo el follaje amarillo; vi en torno el paño pardo de las tierras onduladas, como capas puestas al sol; vi, por fin, a mi padre que a recibirme salía con cara doble, mejor dicho, partida en dos, media cara severa, la otra media cariñosa. Salté del coche para abrazarle, y una vez en tierra, hice mi entrada a pie, llegando a la calle de Travesaña, donde está mi casa, con mediano séquito de amigos, y de pobres de ambos sexos, ciegos, mancos y cojos, que sabedores de mi llegada querían darme la bienvenida. La severidad de más cuidado para mí, que era la de mi padre, se disolvió en tiernas palabras. Verdad que de mis horrendas travesuras en Roma no le habían contado sino parte mínima. Seguía, pues, creyendo con fe ciega en mi glorioso destino eclesiástico, y suponía que, al regresar a la patria, almacenadas traía en mi cerebro todas las bibliotecas de Italia. Mi hermano Ramón fue quien más displicente y jaquecoso estuvo conmigo, anunciándome que si no me determinaba a recibir las órdenes en España, aspirando a un curato de aldea, o cuando más a una media ración en aquella Santa Catedral, la familia tendría que abandonarme, dejándome correr por los caminos más de mi gusto, ora fuesen derechos, ora torcidos. De todo esto hablaré más oportunamente, pues anhelo proseguir lo que dejé pendiente de mi romana historia.
Pego la rota hebra diciendo que el mayordomo de mi tío, Cristóbal Ruiz, español italianizado que había sido fámulo en Montserrat, me informó de la dolencia y muerte del bendito Rebollo. Había sido un lamentable desarreglo de la mente, motivado, según colegí de las medias palabras de Ruiz al tratar este punto, por agrias discordias con otros clérigos de la Rota. De mis desvaríos en San Apolinar y de mi escandalosa fuga y vagancia no dieron al buen señor conocimiento, pues ya había perdido el suyo, y desprovisto de memoria y de juicio, su vocabulario quedó reducido al ho perso il boccino, que estuvo repitiendo hasta el instante de su muerte. Quién se cuidó de participar a mi familia, con el fallecimiento de Rebollo, mis atroces barrabasadas, es cosa que no he sabido con certeza; pero, si no me engaña el corazón, el encargado de esta diligencia fue un secretario del embajador Don José del Castillo. Díjome también Cristóbal Ruiz que una radical divergencia en la manera de apreciar no sé qué asunto de derecho canónico había turbado profundamente la cordial amistad entre el representante de España y su protegido, llevando a éste al remate de su delirio. Cuando apenas se había iniciado la dolencia, hizo D. Matías testamento, nombrando ejecutor de sus disposiciones a otro de sus mejores amigos, monseñor Jacobo Antonelli, segundo tesorero, o como si dijéramos, secretario de Hacienda, persona muy bien mirada en la Corte Pontificia por su talento político y su mundana ciencia. Al tal sujeto habría yo de presentarme; pues, según Ruiz, debía tener instrucciones de Rebollo referentes al cuidado de mis estudios y a la paternal tutela que conmigo ejercía.