Explore "Las Tormentas del 48" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
18 de Febrero.- ¡Ay, ay, ay!. Esto no es quejido lastimero, sino el lenguaje del asombro y confusión que desde anoche llevo en mi alma, sin que haya podido atenuarlos con el sueño matutino ni con el paseo de la tarde. ¿Estoy demente, o qué me pasa? De veras digo que si llevaran rótulo los capítulos o tratados de estas Confesiones, el presente debía ser encabezado así: De la singular y nunca imaginada aventura que le salió al caballero Fajardo en el baile de Villahermosa con el inaudito encuentro de una misteriosa máscara.
Las diez serían cuando Aransis, Donato, Bringas y yo subíamos por la escalera de Villahermosa, que, con tener espacio y anchuras grandes, le venía muy corta al tropel de personas, con careta o sin ella, que intentábamos franquearla. En la puerta que abría paso a la antesala y guardarropa, las apreturas de la multitud impaciente producían gemidos de asfixia, alguna imprecación seca, y desperfectos de ropa, principalmente en las delgadas telas de algunos disfraces. Entramos al fin: nos despedimos de nuestros abrigos con cierta desconfianza de volver a ponérnoslos, y nos lanzamos en el barullo ardiente, revoltijo de mil colores, ondulaciones de cuerpos que parecen nadar en el líquido tibio y perfumado de una redoma. Tal fue mi aturdimiento en los primeros instantes, que tardé en sentirme gozoso. Se me iba la cabeza, no sabía para dónde volverme: mis amigos se reían de verme tan provinciano, y me llevaban de un lado para otro, señalándome las máscaras bonitas, las extravagantes, las que tenían cariz y sello aristocráticos. A la media hora de navegar en aquel océano, ya recobré la serenidad; había vencido el mareo: era un mediano navegante y me permitía dirigir la palabra a las mascaritas que junto a mí pasaban, o respondía sin cortedad a cuantas bromas venían dirigidas al grupo de mis amigos, reforzado con otros que allí se nos unieron.