Explore "Las Tormentas del 48" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mientras Eufrasia y la prendera se consagraban sin descanso a su piadosa obra, entró Aransis que venía a traerme dinero, tan necesario para mí en los días fúnebres como en los alegres días. "Márchate ahora mismo - le dije -, que hay aquí una señora, mi amiga, a quien no gustará que la veas". Invocó él nuestra amistad, que no admitía secretos entre los dos, para que yo abriese un poco la mano en la confianza; mas no accedí a ello, y que quieras que no, le expulsé con recomendación enérgica de no atisbar en la calle la salida de la dama. Terminado el acto de vestir a la pobre muerta, Eufrasia volvió a ponerse mantilla y guantes. Su palidez intensa declaraba su grande emoción. "Está guapísima - me dijo -, y la toca blanca da a su rostro una expresión enteramente mística. Nunca, por mucho que viva, olvidaré esa cara, que tan muerta y callada me ha dicho cosas muy bellas. Yo también le he dicho a ella. algo que sólo se dice a los que no pueden oír. con los oídos naturales". Encargome luego, camino de la puerta, que en cuanto volviese yo a la vida regular fuese a verla, pues tenía que hablarme de cosa urgente: hablaríamos en mejor ocasión y lugar. Prometile ponerme a sus órdenes muy pronto, y con ella bajé, pues no quería que en escalera tan bulliciosa tuviese encuentros de gente grosera y de chiquillos importunos. En el portal nos despedimos, reiterando yo mi gratitud por su visita, y ella los honores de su amistad, que en aquel día por especial gracia éranme de nuevo concedidos.
Al subir, sentí pasos detrás de mí. Volvime y encaré con Sotero, que llevándose un pañuelo a los ojos, me dijo: